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Opinión

Hay un incendio

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
24 de diciembre de 2022

Un incendio en Barranquilla ensombrece la Navidad, cobrando la vida de un bombero. Mientras, la autora reflexiona sobre la soledad inherente a la experiencia humana y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Por: Olga Leonor Hernández Bustamante. Tenía la intención de escribir algo sobre la navidad, pero hay un incendio en la vía 40 en Barranquilla. Vi la enorme columna de humo denso y negro subir y engañar a varios con la idea de una posible lluvia (¡Se ve el cielo oscuro, como si fuera a llover!).  Vi el humo enmarcado en el amanecer de esta mañana, mientras salía de la clase de 5 am del gimnasio. Esa imagen me acompañó en todo el camino de regreso. Llegando a casa, mi esposo me muestra la noticia en prensa: El incendio deja ya un bombero muerto y las autoridades evalúan como manejar la emergencia, las brisas de diciembre ayudan a avivar las llamas y vuelven más compleja la situación. Es decir: fui al gimnasio, sudé, brinqué y conversé animadamente mientras la tragedia de una familia se gestaba, mientras un bombero exponía y perdía su vida en ese incendio. Qué fuerte manera de recordar lo sarcástica que puede ser a veces la existencia. Durante la mañana me dediqué a trabajar. La rutina del día me envolvió entre revisión de documentos, redacción de textos y verificación de datos en plataformas y Excel. De cuando en cuando una salida al pasillo me mostraba por la ventana la columna de humo negra, que parece no ceder ni un poco y con ella la conciencia de que hay un incendio en Barranquilla, varias familias viven una tragedia y yo, envuelta en mi rutina, apenas me doy cuenta de eso. No sé si será un asunto de empatía o tal vez de la simple aceptación de una regla de la vida: Nuestras experiencias ocurren y todos los demás son ciegos a ella. Nadie, absolutamente nadie puede acompañar la profunda soledad que significa la existencia. En este justo momento, mientras escribo, ignoro las lágrimas de felicidad de algún padre que ve por primera vez a su hijo recién nacido. No existe para mí la sorpresa y felicidad de esa persona que recibe un regalo por su cumpleaños. Desconozco las lágrimas de una víctima de la violencia que tiene noticias que convierten en certezas la muerte de su familiar desaparecido. No escuché el grito de dolor de una familia en el momento en que se enteró de que su padre, hijo o esposo, al que despidieron luego de un café, murió temprano, casi de madrugada, cumpliendo su deber. Todos y todas cargamos con historias, pensamientos, sentimientos y emociones que los demás desconocen. Y no hablo de secretos, hablo de la particular manera en que cada uno habita su propia vida. Tuvo que suceder este incendio para recordarme y demostrarme que no hay forma de evadir la profunda soledad de la existencia.