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Opinión

Gobernó sin ser presidente

Bibiana María Guerra de los Ríos
Bibiana María Guerra de los Ríos
Columnista
17 de mayo de 2026

Colombia tiene una deuda que ya no podrá saldar. Germán Vargas Lleras se fue el 8 de mayo, a los 64 años, derrotado no por sus adversarios políticos, que fueron muchos y ruidosos, sino por un tumor cerebral que le ganó la última batalla. Y en ese silencio que deja su ausencia, cabe hacerse la pregunta incómoda, la que muchos de los que alguna vez votamos por él pensamos: ¿qué hubiera sido de este país con él de presidente?

Colombia tiene una deuda que ya no podrá saldar. Germán Vargas Lleras se fue el 8 de mayo, a los 64 años, derrotado no por sus adversarios políticos, que fueron muchos y ruidosos, sino por un tumor cerebral que le ganó la última batalla. Y en ese silencio que deja su ausencia, cabe hacerse la pregunta incómoda, la que muchos de los que alguna vez votamos por él pensamos: ¿qué hubiera sido de este país con él de presidente? Porque Vargas Lleras nació para eso. Su hoja de vida no tiene comparación en la historia política reciente: Concejal de Bojacá a los 19 años; Concejal de Bogotá a los 28 años; cuatro períodos en el Senado; Presidente del Congreso; Ministro del Interior y de Justicia; Ministro de Vivienda; Vicepresidente de la República; miembro de Cambio Radical, partido aún vigente; incluso, intentó dos veces llegar a la presidencia. La paradoja más cruel de su trayectoria es esta: el hombre que más resultados concretos dejó en el Estado colombiano en las últimas tres décadas nunca pudo sentarse en la silla del Palacio de Nariño. Mientras fue vicepresidente de Santos supervisó inversiones por 60 billones de pesos en infraestructura; las autopistas 4G llevan su sello; el programa de las 100.000 viviendas gratuitas que cambiaron la vida de familias que jamás habían soñado con tener casa propia también; el agua potable que llegó al Chocó, a La Guajira, al Caquetá; los aeropuertos modernizados; los puertos… Y uno se pregunta qué habría hecho con la presidencia este hombre que gobernó de verdad desde la vicepresidencia, cargo al que le devolvió, realmente, la dignidad. No era un político de discursos. Era un político de obras. Y en Colombia, eso no es la norma. Su estilo fue siempre su mayor virtud y, al mismo tiempo, su condena. Fuerte, directo, exigente hasta el extremo. No le temblaba la voz para decir lo que pensaba, ni la mano para firmar lo que creía correcto. Esa pedagogía del carácter fue vista en varios sectores del país como arrogancia, como prepotencia, como alguien con quien era difícil convivir políticamente. Y ahí está el nudo. En Colombia se le perdona todo a quien sonríe con facilidad y negocia en los corredores. A quien tiene el carácter claro y la voz firme, se le cobra. Vargas Lleras pagó ese precio. Los coscorrones y los enfrentamientos públicos le cerraron puertas que él mismo había abierto con años de trabajo. Dejó un legado real, tangible, en concreto y asfalto, en ladrillos y escrituras, en leyes que hoy son el andamiaje jurídico del país. Tuvo sus sombras, sus alianzas incómodas, sus contradicciones. La política es así y él nunca pretendió ser un santo. El valor de un servidor público se mide, principalmente, en lo que deja, no en lo que dice. Colombia perdió a un hombre que sabía cómo gobernar. Qué descanse en paz. El país lo recordará en cada carretera, en cada casa, en cada municipio al que llegó el agua. Y eso, en tiempos en que la política se mide en palabras, no es poca cosa.