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Opinión

Francisco

Manuel Cadrazco Martelo
Manuel Cadrazco Martelo
Columnista
23 de abril de 2025

El papa Francisco, un líder mundial que rompió paradigmas, dejó una huella imborrable. Su legado, más allá de la Iglesia, reside en la escucha activa y la compasión.

Por Manuel Cadrazco Martelo Seamos religiosos o no, es indudable que se ha ido un gran líder mundial que cambió paradigmas. La muerte del papa Francisco deja una huella imborrable, no solo en el Vaticano y en la Iglesia Católica, sino en la conciencia colectiva global. Su legado va más allá de los muros religiosos: fue un hombre que entendió la urgencia de escuchar, de abrir las puertas y de hablar el lenguaje de los tiempos. En la Semana Santa de 2023, vi un documental que capturaba una faceta poderosa de su pontificado. En él, Francisco conversaba con un grupo de jóvenes sobre temas profundamente polémicos: la interrupción voluntaria del embarazo, la sexualidad, la pérdida de fe, los abusos dentro de la Iglesia y la exclusión de las mujeres. Más que un ejercicio doctrinal, fue un ejercicio de escucha activa y de humildad. El papa no se escudaba en respuestas prefabricadas, sino que abría el espacio al diálogo, al disenso, al reconocimiento del otro como legítimo interlocutor. Su grandeza estuvo en cambiar el tono. En reemplazar la mirada severa por una comprensiva. En entender que muchos se alejaban no por falta de fe, sino por falta de acogida. Francisco humanizó el papado. Mostró que la Iglesia puede reflexionar, pedir perdón, reconocer errores históricos, y aun así seguir siendo guía espiritual. Dio ejemplo con gestos sencillos: besó los pies de migrantes, lavó los de presos, y abrazó a quienes se sentían excluidos. Fue, ante todo, cercano. Con su estilo sencillo, renunció a los privilegios del poder eclesiástico para enfocarse en lo esencial: servir al prójimo. Su valentía al hablar de los migrantes, del cambio climático, de la pobreza, de los derechos humanos y de la dignidad de todos los seres humanos, sin importar su orientación o identidad, marcó una era. En un mundo lleno de ruido y soberbia, Francisco representó la voz baja de la conciencia, esa que no grita, pero cala, la que resuena más allá del dogma. Su partida deja una Iglesia menos autoritaria, más abierta, y una humanidad que lo recordará como uno de los últimos grandes líderes del siglo XXI. Nos enseñó que la fe no está reñida con la duda, que el amor no excluye y que la compasión puede abrir grietas por donde entre la luz. A su manera, el papa Francisco cambió el mundo y, sin duda, su legado perdurará por generaciones.