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Opinión

Fragilidad

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
26 de octubre de 2024

El diagnóstico de diabetes de su hijo transformó la vida de una madre. De la incertidumbre inicial a la adaptación, describe el impacto y los desafíos diarios de la enfermedad.

Por Olga Leonor Hernández Bustamante Esa mañana me senté junto a mi hijo destapando glucómetro y lancetas sin la menor idea de cómo se usaban. No pensé que meses después íbamos a ser expertos en el tema. Buscamos juntos un video tutorial para saber los pasos a seguir. Con ojitos de miedo y algo de resignación me dejó tomar su dedito. Hoy pienso que fue un acto de mucha confianza, pues era evidente que yo era inexperta en el tema y que él y su dedo iban a ser objeto de esa experimentación. Yo siento como si la medida que el aparato arrojó ese día hubiera abierto un portal que nos empezó a arrastrar por una tormenta que no entendíamos, con enfermeras y médicos que nos miraban primero con ojos enojados y llenos de juicio, asumiendo antes de conocernos que éramos una familia que descuidó a su hijo y dándose cuenta unos minutos más tarde que éramos “debutantes”, entonces la mirada se llenaba de pesar y compasión. ¿Desde cuándo es diabético su hijo? “Desde hoy”, era mi respuesta. Tres semanas después la puerta de mi casa volvió a cerrarse nuevamente con todos los miembros de la familia dentro. Por fuera de hospitales y clínicas empezó el aprendizaje. La diabetes de mi hijo llegó a limitar en alguna medida a él y a todos nosotros la libertad y la espontaneidad. Ahora muchas de las cosas tienen que ser pensadas, planeadas y organizadas. Comer con mediciones, inyecciones y cálculos matemáticos. Mirar de cuando en cuando la app para saber cómo van las medidas del día. Pensar las salidas con los amigos y comprender que todos van a comer sin pensar en nada distinto a pasar un buen rato mientras que él tendrá que estar haciéndose seguimiento y observando cómo su cuerpo responde. Esta situación llegó groseramente sin invitación y tiene pretensiones de quedarse para siempre. Yo la miro todo el tiempo, la siento como un ruido sordo que nos empezó a acompañar y que ensucia la cotidianidad con sus cargas y condiciones. Estamos todo el tiempo intentando que lo planeado y organizado nos de una apariencia de fluidez y calma. No es que no acepte lo que nos pasa, pero aceptarlo no quiere decir que no me cansa y abruma. No me quejo, pero mentiría si no acepto que fantaseo con que no esté y miro las fotos anteriores a ese día y no logro ya saber cómo era que vivíamos sin tener este nudo que se nos atraviesa y bloquea el paso. La diabetes llegó y se instaló de forma atrevida en la vida de mi hijo y de todos. Cuando la veo no me parece una carga que no podamos asumir, pero la forma en que interrumpe el paso y nos pone a dar vueltas largas en las situaciones cotidianas, me recuerda día a día la fragilidad de aquello que damos por sentado.