
Fragilidad

El diagnóstico de diabetes de su hijo transformó la vida de una madre. De la incertidumbre inicial a la adaptación, describe el impacto y los desafíos diarios de la enfermedad.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante Esa mañana me senté junto a mi hijo destapando glucómetro y lancetas sin la menor idea de cómo se usaban. No pensé que meses después íbamos a ser expertos en el tema. Buscamos juntos un video tutorial para saber los pasos a seguir. Con ojitos de miedo y algo de resignación me dejó tomar su dedito. Hoy pienso que fue un acto de mucha confianza, pues era evidente que yo era inexperta en el tema y que él y su dedo iban a ser objeto de esa experimentación. Yo siento como si la medida que el aparato arrojó ese día hubiera abierto un portal que nos empezó a arrastrar por una tormenta que no entendíamos, con enfermeras y médicos que nos miraban primero con ojos enojados y llenos de juicio, asumiendo antes de conocernos que éramos una familia que descuidó a su hijo y dándose cuenta unos minutos más tarde que éramos “debutantes”, entonces la mirada se llenaba de pesar y compasión. ¿Desde cuándo es diabético su hijo? “Desde hoy”, era mi respuesta. Tres semanas después la puerta de mi casa volvió a cerrarse nuevamente con todos los miembros de la familia dentro. Por fuera de hospitales y clínicas empezó el aprendizaje. La diabetes de mi hijo llegó a limitar en alguna medida a él y a todos nosotros la libertad y la espontaneidad. Ahora muchas de las cosas tienen que ser pensadas, planeadas y organizadas. Comer con mediciones, inyecciones y cálculos matemáticos. Mirar de cuando en cuando la app para saber cómo van las medidas del día. Pensar las salidas con los amigos y comprender que todos van a comer sin pensar en nada distinto a pasar un buen rato mientras que él tendrá que estar haciéndose seguimiento y observando cómo su cuerpo responde. Esta situación llegó groseramente sin invitación y tiene pretensiones de quedarse para siempre. Yo la miro todo el tiempo, la siento como un ruido sordo que nos empezó a acompañar y que ensucia la cotidianidad con sus cargas y condiciones. Estamos todo el tiempo intentando que lo planeado y organizado nos de una apariencia de fluidez y calma. No es que no acepte lo que nos pasa, pero aceptarlo no quiere decir que no me cansa y abruma. No me quejo, pero mentiría si no acepto que fantaseo con que no esté y miro las fotos anteriores a ese día y no logro ya saber cómo era que vivíamos sin tener este nudo que se nos atraviesa y bloquea el paso. La diabetes llegó y se instaló de forma atrevida en la vida de mi hijo y de todos. Cuando la veo no me parece una carga que no podamos asumir, pero la forma en que interrumpe el paso y nos pone a dar vueltas largas en las situaciones cotidianas, me recuerda día a día la fragilidad de aquello que damos por sentado.