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Opinión

Feliz Navidad y bendecido 2026

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
21 de diciembre de 2025

Pensar en nuestra santidad, para muchos es imposible, y en ocasiones, puede resultar bastante difícil o improbable, porque al conocer nuestras carencias y debilidades, reducimos a esas pobres circunstancias la posibilidad de alcanzarla, olvidando que es precisamente en esa debilidad donde debemos hacer acopio de nuestra condición de hijos de Dios y herederos de su Reino.

Por Selma Samur de Heenan “Sean santos como mi Padre es santo” Mateo 5,48 Pensar en nuestra santidad, para muchos es imposible, y en ocasiones, puede resultar bastante difícil o improbable, porque al conocer nuestras carencias y debilidades, reducimos a esas pobres circunstancias la posibilidad de alcanzarla, olvidando que es precisamente en esa debilidad donde debemos hacer acopio de nuestra condición de hijos de Dios y herederos de su Reino. Por esa filiación y por tener semejanza con nuestro Padre Creador, podemos hacer lo que Él nos pide, ya que desde siempre hemos sido equipados con las herramientas necesarias para lograrlo. Es evidente que esa santidad a la que estamos invitados, no la alcanzaremos con fuerzas o cualidades meramente humanas. Será únicamente con su gracia como podremos llegar a la meta que también llamamos Corona de Gloria. No todos los que han llegado al Cielo son conocidos como siervos de Dios, venerables, beatos o santos para que la Iglesia entera les rinda culto. No albergo ninguna duda de que el Paraíso está colmado de personas que llevaron una vida anónima ante el mundo, pero profundamente valiosa y reconocida por Dios. Han sido existencias fecundas en fe, esperanza, buenas obras, dominio propio, amor, paciencia y oración. Querer ser santo, reconocerlo y buscarlo no debe producirnos un sentimiento de inmodestia ni de indignidad. Muy por el contrario, decirlo y trabajar por ello constituye uno de los actos más profundos de humildad y de sometimiento a sus designios. La vida siempre nos pone delante dos maneras de vivir. Una parece más fácil, cómoda y ruidosa, pero con el tiempo termina dejando un vacío profundo. La otra exige más, pide esfuerzo pero regala una alegría serena y verdadera. La primera nos va alejando de lo mejor de nosotros mismos. La segunda nos conduce al sentido profundo de la vida y a la bienaventuranza eterna. Pido a Dios que descubramos el propósito particular que Él tiene para cada uno, según el estado y la vocación de vida que hemos recibido. También ruego para que hagamos un balance honesto de nuestras faltas y errores, de aquello que necesita ser corregido, y para que tengamos la disposición de asumir renuncias reales que nos ayuden a vivir mejor en este 2026, conforme a la voluntad de Dios.