
Fanáticos

De perseguidor a apóstol. La historia de San Pablo, transformado por la gracia divina, refleja la importancia de la fe y la misión de llevar la luz de Cristo, pese a la adversidad.
Por Selma Samur de Heenan Muchísimas de las personas que día a día buscamos caminar tras las huellas de Jesucristo, en un pasado lo desconocimos, ignoramos o atacamos y por eso, nos vemos identificados con la vida de Saulo de Tarso, ahora San Pablo, que antes de ser abordado por Jesús en el camino hacia Damasco, vivía en la observancia de lo que pensaba era correcto, y en aras de esa creencia, sentía que estaba autorizado para odiar, perseguir, encarcelar, y llegar, incluso, a sentenciar a muerte a los seguidores de Cristo. Sin embargo, sólo bastó que la gracia de Dios llegara a su encuentro y le iluminara su espíritu para que recibiera la verdad revelada, al caerle de sus ojos las escamas que los cegaban, y de su corazón, la niebla que lo endurecía. A consecuencia de esta iluminación de conciencia, sintió la necesidad de llevar la luz a donde sabía que había oscuridad, pese a tener que pasar de perseguidor a perseguido. La certeza de que debería cargar esa cruz, no lo detuvo porque siendo un hombre transformado en Cristo, era más el amor que lo inundaba que el miedo que lo invadía. Como buen cristiano, aceptó su misión evangelizadora sin pensar en las consecuencias ni permitir que ese conocimiento lo limitara. En la palabra de Dios se nos advierte que no somos más grandes que nuestro Maestro y por eso, debemos esperar igual o similar trato: insultos, humillaciones, abandono, desprecios, traiciones e incluso el martirio. Pero sabiendo que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, estamos llamados a completar en nosotros su sufrimiento cada vez que somos señalados, criticados, ridiculizados y apartados. Es fundamental que entendamos que Jesús implica división. No podemos creer que siempre que hablemos en su nombre seremos bien recibidos, pues la mayoría de las veces sucede todo lo contrario porque el espíritu del mundo ha endurecido la conciencia del hombre, y ha dictaminado que cuando tomamos distancia, estamos en un lado que, popularmente, aun dentro de la misma iglesia, llaman equivocadamente fanatismo. No tengamos prevenciones de llegar a ser señalados como fanáticos. Realmente quienes así nos identifican, tal vez no lo hacen por maldad, sino por temor al no conocer ese amor desbordante que todo lo llena, o por no entender la lógica consecuencia del real encuentro con Dios: hacerlo el centro de nuestra vida.