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Opinión

Exceso de normalidad

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
11 de abril de 2026

La estadística define lo normal como aquel valor que se presenta con mayor frecuencia y por ende se convierte en la media, es decir lo que más se repite; por tanto, la conducta anormal es la que se aleja de la media poblacional.

La estadística define lo normal como aquel valor que se presenta con mayor frecuencia y por ende se convierte en la media, es decir lo que más se repite; por tanto, la conducta anormal es la que se aleja de la media poblacional. La psicología, retoma este concepto pero complementa con criterios culturales, es decir que lo normal es lo que se ajusta a las normas y valores de una sociedad en un momento histórico dado; criterios funcionales, que definen que una persona es “normal” si puede adaptarse a su entorno, mantener relaciones, trabajar y desenvolverse con autonomía; criterios médico-clínicos donde la anormalidad implica presencia de síntomas de un trastorno y el criterio subjetivo donde el malestar o sufrimiento interno es el indicador central. Es decir, la psicología se pregunta si ese “desvío de la media” causa sufrimiento, disfunción o conflicto con el entorno. En el consultorio, la idea de lo normal aparece asociado a lo que creo que las personas esperan ver que yo sienta, piense o haga. También a las expectativas de lo que creo que yo u otra persona deberá sentir, hacer o pensar en determinadas situaciones. Y entonces, ocurre algo paradójico, casi que en contravía con la teoría y es que el querer ser normal o querer ser visto como normal o esperar lo que se supone normal del otro, genera sufrimiento. Una mujer, llegó de luto por la muerte reciente de su papá una semana antes. Había tenido que aumentar la medicación para la ansiedad y para poder dormir porque no “sabía cómo funcionar” y gestionar lo que estaba sintiendo en el duelo. La conversación nos mostró que durante el sepelio “tuvo que” atender a las personas que llegaban a la funeraria, agradecer su presencia. En el trabajo “tenía que” mostrar a las personas que ella estaba normal, manejando la situación con madurez y tranquilidad. Con su novio, que de forma amorosa la invitó a salir a tomar algo para “despejarse” y que todo volviera a la normalidad, no fue capaz de decirle que solo quería llorar, se avergonzaba de sentir que si lloraba era porque no estaba manejando “bien” la situación. Por querer verse “normal”, no se había permitido sentir la tristeza, la ausencia, el dolor, el vacío. Le parecía que sentir todo eso era muestra de debilidad y falta de herramientas y que estar normal era equivalente a tener que estar tranquila. Pero, la verdad es que no hay nada normal después de la muerte de un ser querido, la vida y sus rutinas se trastocan, lo que era habitual deja de serlo y la tarea es justamente diseñar una nueva normalidad que tienen en cuenta la ausencia para ajustar las cargas cotidianas. El querer seguir normal frente a los demás la llevó a la crisis. Porque no se había permitido sentir. Y así, personas que no expresan incomodidad para que los demás no se aburran de ellas, quienes dejan de hacer lo que les gusta, por seguir el criterio de la mayoría, los que creen que los demás deberían hacer o sentir cosas por ellas porque eso es lo normal o los que sufren por descubrir que el mundo no se parece a sus expectativas. Es que existe a veces un exceso de “normalidad” que nos termina alejando de lo real y auténtico.