
Evitemos ir tras individuos

¿Por qué fracasan los grupos? La clave reside en priorizar valores como verdad, respeto y justicia sobre los individuos. Solo así se logra consenso y cambio real.
Por Olga Lucia Bustamante Madrid ¿Por qué fallan los grupos de cualquier índole, sean: políticos, sociales, empresariales, religiosos? Una sociedad no existe sin individuos. Y cada individuo en sí mismo es un ‘mundo extenso’ de expectativas, aprendizajes con su gama de matices acertados o confundidos, gustos personalizados, costumbres aceptables o intolerables, sueños generosos o egoístas, intereses nobles o mezquinos… Esa sumatoria diversa, hace insoluble los ambientes. Se crean resistencias herméticas, no siempre honestas y traslucidas, que pueden ser incomprensibles o dañinas, obedeciendo a las inclinaciones de cada uno. Bajo ese concepto es casi imposible administrar o dirigir cualquier cosa, sin que se vulneren susceptibilidades, exactitudes y normas. ¿Cuál sería entonces la forma de llegar a consensos equilibrados que beneficien al conjunto?: Evitemos ir tras individuos. Estos son solo portadores de mensajes a veces convenientes, otras incongruentes. Deberíamos buscar donde están los principios rectores convenientes: la verdad, el respeto, la justicia, la equidad, la sensibilidad, el amor por lo correcto. De esta manera disminuiría los porcentajes de decisiones incoherentes. Deberíamos ser devotos a temperamentos objetivos e imparciales, al mandato de la veracidad franca y natural que se eleva erguido porque no tiene tapujos. A aquel que señala la dirección correcta. Mirar donde está el estado de conciencia que vence el personalismo comodón. Dónde se destaque el talante y el temple de la condición humana digna y crédula. Allí donde cada individuo se auto reconozca como gestor promotor y aportante al bien común. Cuando aplaudamos actitudes y no egos, hechos y no propuestas insostenibles e inalcanzables, verdades y no arrogancias ni osadías, podremos soñar con lograr un cambio de la realidad. Es tomando actitudes que se generen certezas, no simples conjeturas o promesas. Un grupo no debe exigir fidelidad, no debe retribuir con dadivas, no debe subyugar a sus miembros, porque oprime las conciencias. Deja ser libre, exige pulcritud y autenticidad. Un grupo debe motivar, que no significa dar ánimo, sino, dar motivos. Más que educación debe dejar huella, es decir, aprendizaje positivo, que lleve al cambio, no solo de conductas, sino de emociones. Sea cual sea la razón de ser de un grupo, debe enarbolar como lema la defensa del ser humano, de la naturaleza y de los valores, para garantizar el logro de los objetivos. De lo contrario, los temas serán vacíos, las decisiones peligrosas y las conclusiones sesgadas. No se es traidor cuando se rechaza una posición que va contra los principios. Se es traidor cuando las raíces se vulneran con nuestras decisiones.