
Estrategias

En la batalla espiritual, identificar las tácticas de Satanás es crucial para la victoria. Este análisis revela cómo el enemigo ataca nuestra fe y nos aleja de Dios.
Por: Selma Samur de Heenan Para cada guerra los bandos establecen sus estrategias de combate, y en la del campo espiritual no debería haber excepción. A pesar de que la Palabra de Dios es absolutamente clara cuando nos advierte que nuestra pelea es contra entidades espirituales que tienen poder y dominio, seguimos en la mayoría de los casos, enfrentándonos a quienes no son nuestros enemigos, sino personas afines al corazón. Para obtener la victoria, resulta importante conocer cómo piensa el adversario, y adelantarnos a sus métodos, buscando una protección previa, entendida como la mejor defensa. Nuestro real enemigo es Satanás. Para estar alertas, no caer en sus argucias y evitar que nos conduzca al borde del precipicio, miremos algunas de sus más utilizadas tácticas. Nos induce a creer que podemos auto definir lo que es bueno y malo, según cada circunstancia personal. Nos distrae y propone demasiadas ocupaciones del mundo para descuidar lo verdaderamente importante: nuestra relación con Dios. Aplica el principio universal de divide y reinaras, fomentando conflictos internos en la Iglesia y sus comunidades de fe. Se encarga de sembrar dudas sobre la existencia de Dios y su amor infinito, hasta que lleguemos a la más gastada y simple de todas las preguntas: "¿Si Dios existe, por qué permite esto o aquello?”. Nos hace tan orgullosos y soberbios como él lo es, induciéndonos a creer que podemos vivir y defendernos solos, sin contar con Dios. Nos aleja de la ley Divina como si fuera obsoleta e inservible en este tiempo. Procura que veamos al pecado como fruto normal del devenir histórico de la humanidad que se moderniza y actualiza para su propio bien. Incansablemente ha impuesto la idea de que es fanatismo practicar fielmente la fe según lo enseñó Jesucristo. Para ello se ha encargado de alejarnos de la oración, de los sacramentos, de las Escrituras como marco de referencia, ya que si nos desconectamos de estos elementos claves de la vida cristiana, vamos renunciando al mismo Cristo. Ha logrado que muchos consideren innecesarias las buenas obras, porque, supuestamente, es suficiente con decir que Jesús es el salvador, al tiempo de recibirlo con una declaración personal. También nos genera un angustiante temor al futuro y a la muerte, quitándonos la esperanza que conlleva la certeza de ser hijos del Altísimo y estar bajo su amparo.