
Ese momento en que se rompe el corazón

Escuchó con absoluta claridad el sonido de su corazón rompiéndose. Era un sonido parecido al de un choque entre dos carros: el sonido inicial de un motor acelerado, luego un frenazo angustiado que intenta pegar al piso las llantas para no golpear, para terminar en el inevitable golpe con sonidos de latas que se arrugan y vidrios que caen al piso. Luego, unos segundos de silencio, seguidos de pitos, gritos y una que otra alarma que insiste en advertir el peligro cuando el accidente ya pasó.
Escuchó con absoluta claridad el sonido de su corazón rompiéndose. Era un sonido parecido al de un choque entre dos carros: el sonido inicial de un motor acelerado, luego un frenazo angustiado que intenta pegar al piso las llantas para no golpear, para terminar en el inevitable golpe con sonidos de latas que se arrugan y vidrios que caen al piso. Luego, unos segundos de silencio, seguidos de pitos, gritos y una que otra alarma que insiste en advertir el peligro cuando el accidente ya pasó. ¿Qué había golpeado con qué? Tal vez su angustia se había encontrado con la realidad, o tal vez la rabia era tan grande que no podía ser sostenida y reventó aquello en lo que quiso sostenerse. En todo caso, sentía por una parte que estaba armando una tormenta en un vaso de agua, pero por otro lado no podía negar que físicamente le dolía el corazón. Estaba triste, enojada y triste. Era una paradoja ¿No se suponía que aceptar su vulnerabilidad era algo que necesitaba? Las personas no están para cumplir tus expectativas, se repetía como un mantra, que la calmaba al devolverle a ella el control. Su tarea, se había dicho, estaba en confiar en que los demás la podían sostener y ahora, se veía a si misma asustada y dolida, con la confusión de quien acaba de recibir un golpe en la cabeza y ve todo y escucha todo lejano y enrarecido. Cuanta trascendencia tienen los gestos cotidianos. Si se ponía un poco lejos era realmente sorprendente descubrir que algo, en apariencia inofensivo, había generado en ella tal malestar. Una rabia que no pudo ser sostenida y que se volcó hacia dentro, arrastrando todo con fuerza descomunal, dejando a su paso pitos, gritos, alarmas y vidrios rotos. ¿Cómo se hace un torniquete para contener la tristeza? ¿Cómo dar cuenta de esa sensación de estar lastimado? ¿Cómo describir una herida emocional? Es tan difícil que pueda contenerse en palabras ese malestar, es tan difícil que no suene a queja, exageración o ganas de hacerse la víctima. Es tan complejo que no genere en la contraparte la necesidad de defenderse, para no ser el malo, para calmar la culpa, para quitar peso al momento, para alivianar la carga. Pero si, hay momentos específicos donde el corazón se quiebra y allí queda uno, en ese doble lugar de observador de la herida, pero al mismo tiempo ser el que está lastimado. Como la historia de aquel cirujano soviético que se hizo a si mismo una apendicectomía local usando anestesia y un espejo, con ayuda de dos colegas que no eran médicos, que estaban allí solo para sostener instrumentos y luces. Con las heridas emocionales es siempre así, cada uno lavando y limpiando su propia herida, mirándola para saber qué exige. Es que cuando un corazón se rompe, queda la tarea, intima y personal, de sanarlo.