
Enneagrama

Uno de los grandes anhelos del ser humano es comprenderse, saber quién es, de dónde vienen sus reacciones y cómo puede mejorar.
Por Selma Samur de Heenan Uno de los grandes anhelos del ser humano es comprenderse, saber quién es, de dónde vienen sus reacciones y cómo puede mejorar. A lo largo del tiempo han surgido diversas propuestas para responder a esa búsqueda. Algunas pueden ser útiles; otras, aunque parecen inofensivas, pueden abrir puertas espirituales peligrosas. Una de estas es el Enneagrama. Se trata de una estructura de análisis del comportamiento humano que describe nueve tipos de personalidad, con rasgos dominantes, debilidades y formas de reaccionar bajo presión. A cada persona se le asigna uno como base de su comportamiento: el perfeccionista, el ayudador, el exitoso, el individualista, el investigador, el leal, el entusiasta, el desafiador y el pacificador. A partir de allí se construyen mapas de conducta que pretenden explicar por qué actuamos como lo hacemos y cómo podemos “integrarnos” o ajustarnos a nuestro tipo, más que buscar una verdadera transformación. Muchos lo usan con buena intención, pensando que es una herramienta psicológico-espiritual válida. Pero no lo es porque no nació del estudio científico ni de la psicología clínica, sino que fue desarrollado por Óscar Ichazo, un ocultista boliviano que afirmaba haber recibido este esquema por medio de entidades espirituales llamadas “maestros interiores”. Su discípulo, Claudio Naranjo, psiquiatra chileno, fue quien le dio forma moderna y reconoció públicamente que los nueve tipos le fueron revelados a través de escritura automática, es decir, mientras canalizaba mensajes espirituales. Él mismo lo definió como un proceso de “inspiración mediúmnica”. Esto es gravísimo desde la perspectiva cristiana. No se trata solo de cómo se use, sino de su origen esotérico, de su simbología y de la apertura espiritual que implica. El cardenal Joseph Ratzinger advirtió que, cuando se utiliza como medio de desarrollo personal, introduce ambigüedad en la doctrina y en la vivencia de la fe cristiana. Además, sus raíces están asociadas al gnosticismo y al esoterismo, dos corrientes claramente incompatibles con la fe. Lejos de ayudar a crecer, puede encasillar a las personas y justificar sus defectos. En lugar de asumir la lucha espiritual para superar sus vicios, muchos terminan diciendo cosas como: “yo soy así porque soy tipo ocho” o “es mi herida de tipo cuatro”. Lo que en apariencia es una vía de autoconocimiento termina desviándonos del camino de santidad, de la verdad del Evangelio y de nuestra identidad como hijos de Dios.