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Opinión

Engaño consciente

Jaime De La Ossa Velásquez
Jaime De La Ossa Velásquez
Columnista
30 de noviembre de 2025

Desde siempre hemos existido entre lo aparente y lo cierto, entre lo que creemos y lo que es.

Por Jaime De la Ossa Velásquez Desde siempre hemos existido entre lo aparente y lo cierto, entre lo que creemos y lo que es. Evocando letras antiguas, se tiene, que, Parménides exaltó la razón frente a la opinión; Platón hablo de la caverna y las sombras que se confunden con la realidad. Nuestra conciencia presume de claridad, pero esta tejida de ilusiones perceptivas, recuerdos que se reinventan, emociones que se distorsionan, pareceres y argumentos justificativos. Percibir es una forma de engañarse, lo que denominamos realidad no es más que una interpretación elaborada por nuestros sentidos y la función cerebral. Desde Descartes hasta Nietzsche, siempre se ha interrogado sobre la frágil frontera que existe entre lo que creemos y la realidad. Algunas verdades han sido ciertas durante algún tiempo, luego se descubre que no lo eran … ¿podría la verdad dejar de serlo con el tiempo? Si así fuera - como lo es - se trataría de perspectivas que derivan en interpretaciones. Nietzsche adujo que el engaño no es un simple un error, lo denoto como necesidad. La vida no sería factible sin tener como medio las ilusiones. El arte, la política, la esperanza, incluso el amor son ilusiones con sentido, proveen un valor de existencia para que el mundo pueda avanzar… pueda ser diferente. El engaño, entonces, no es solo falsedad, sino una herramienta para dotar de aceptación y coherencia lo inacabado. Ortega y Gasset escribió: “vivir es encontrarse en un mundo que hay que interpretar”. Los mitos, las palabras, los sueños, la imaginación, la esperanza y el porvenir son velos que evitan que quedemos a ciegas. No obstante, no todo engaño es creador, existe la mentira que destruye que anula, que limita. La manipulación, la hipocresía y la falsedad, son ejemplo de lo perjudicial del engaño artero. Éticamente es aceptable cuando existe como ilusión de la vida y no como mentira que degrada. Prometer lo imposible, ocultar lo esencial, el fanatismo, la imposición de dogmas, son formas del engaño que no liberan, sino que esclavizan, porque no buscan preservar la dignidad humana sino aprovecharse de la credulidad. La línea es difusa: ¿Dónde termina la ilusión compartida y comienza la mentira deliberada? Para tener fe hay que imaginar, para hacer política se necesita proyectar, para amar se debe creer. Toda forma de convivencia requiere una dosis de ilusión. El problema, tal vez, no sea el engaño, es la forma en que este se utiliza… Cuando pretendemos edificar sin que medien cambios de fondo, las razones pretendida se tornan en mentira y reina el engaño consciente.