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Opinión

Encefalopatía traumática crónica

Remberto Burgos de la E.
Remberto Burgos de la E.
Columnista
13 de diciembre de 2022

Aaron Hernández, estrella del rugby con un trágico final, sufría encefalopatía crónica postraumática. Esta enfermedad, vinculada a impactos repetidos, revela un peligro en deportistas.

Por: Remberto Burgos de la E. Cuando se lee sobre Aaron Hernández se habla de un joven jugador de rugby talentoso que ascendió muy rápido y llego hasta alcanzar un cupo en la Liga Nacional de USA. Sus compañeros los describen como amistoso, leal, solidario, de esos que podía pelear por ellos, defenderlos y luego asumir toda la responsabilidad de lo ocurrido. “Era el man legal”. Empezaron a notarles cambios en su temperamento, estallaba fácil y sus respuestas fueron haciendo que se aislara, quedó solo y ellos se enteraban de los desórdenes que causaba en sitios de establecimiento y diversión pública. Un día común, asesino al novio de la hermana de su prometida, fue condenado y años más tarde, en noche obscura, se suicidó. Su cerebro fue enviado a la Universidad de Harvard, allí los patólogos lo estudiaron y el diagnóstico fue contundente: tenía una encefalopatía crónica postraumática.  El terminar de deportistas profesionales después de una carrera vertiginosamente exitosa. La vida de Aaron fue marcada por hechos trágicos. Estrecha relación conflictiva con un padre exigente quien deseaba que sus hijos fuesen deportistas profesionales. Resultados académicos mediocres y superados solo por las hazañas deportivas. Incursión en marihuana y peleas frecuentes. Seleccionado en la Universidad de Florida y de allí a los Patriots. Rendimiento deportivo excelente y un contrato de 40 millones de dólares. Años iniciales llenos de gloria y reconocimiento Las drogas con Aaron lo acompañaron y el asesinato de su amigo. Un abogado hábil le había salvado de doble homicidio en una persona que accidentalmente -sin intención- le había derramado un trago. Se describió esta enfermedad en los boxeadores y las primeras huellas hablan de peladores del comienzo del siglo XX, Martland. Allí el reconocido patólogo describió en el estudio post mortem el desorden de la proteína tau y como se dañaba la comunicación neuronal. Mas tarde Corselli,1973, extiende la descripción en otros deportes y aparecen los registros en jugadores de rugbi y de “demencia pugilística” pasa a encefalopatía traumática crónica. Los síntomas se reconocen fácil: alteraciones mentales, lesión en sistema motor, aparecen temblores y movimientos anormales. Se aproxima y se parece mucho a Parkinson y las facies del paciente adoptan una característica inexpresiva. Lo triste en estos enfermos es el curso progresivo y como el deterioro lo aísla del entorno. Quizá lo más preocupante es la demencia y las alteraciones en salud mental. Ansiedad, irritabilidad, agresividad y todos ellos llevan una carga latente y la inmensa mayoría terminan condenados o suicidados. Se trata de un compromiso por la acumulación de la proteína tau fosforilada a nivel perivascular y en lo profundo de los surcos en forma de ovillos neurovasculares.  Cuando se estudió el cerebro de Aaron el neuropatólogo lo relató de aspecto normal por fuera, al seccionarlo utilizó un término que impactó nuestro entendimiento cognitivo: “tenía varias cuevas dentro” (cerebro de 26 años) Diptongo: la Asociación Colombiana de Boxeo tiene una deuda: nos falta el resultado post mortem de Luis “Pantallita” Quiñones.