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Opinión

En una esquina

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
20 de septiembre de 2025

Había una vez una mujer, anciana y bella, sentada en un pequeño muro en la esquina de esa vieja ciudad. Nada parecía inmutarla, solo miraba a un punto fijo indeterminado en el horizonte y pensaba y sonreía.

Por Olga Leonor Hernández Bustamante Había una vez una mujer, anciana y bella, sentada en un pequeño muro en la esquina de esa vieja ciudad. Nada parecía inmutarla, solo miraba a un punto fijo indeterminado en el horizonte y pensaba y sonreía. Recordaba todas las vidas que había vivido y todas las mujeres que había sido. Fue hija, y sus ojos se humedecieron recordando los momentos en que se levantaba en la mañana y escuchaba a lo lejos los ruidos de la cocina, donde su mamá preparaba el mismo huevo cocido que le servía todos los días. Podía sentir el piso frio con los piecitos desnudos mientras recorría el pasillo y llegaba a comer, sentada en una sillita al lado del fogón, sintiendo los olores de la cocina en movimiento y viendo la falda de su mamá, que parecía bailar en la cocina, yendo de un lado a otro mientras dejaba listo parte del almuerzo del día. Fue joven y había bailado muchas veces hasta la madrugada con sus amigos de la cuadra, había sentido miedo y vergüenza por ser criticada, había sentido celos y envidia por no tener lo que amigas con más dinero tenían, se había enamorado y desenamorado y le habían roto el corazón; se había quejado de estudiar casi con la misma intensidad con la que luego añoraba esa época de libros, lápices, lecturas y exposiciones. Se había casado y había tenido hijos, fue esposa y mamá, el primer rol había cesado hace un tiempo y sus hijos ahora ya la habían convertido en abuela. Había sido amante de alguna persona y se había enamorado varias veces aún estando casada, nunca había roto la fidelidad, pero había comprendido que en su corazón tenia espacio para amar de distintas formas a muchas personas. Recordaba con nostalgia y un poco de ternura las cosas que le habían dado miedo y que se había abstenido de hacer, si en aquel momento hubiera tenido la experiencia de hoy en día, las hubiera hecho sin dudarlas, pero sabía injusto criticar a sus 85 años a la joven de 25, asustada y temerosa, que creía que el tiempo era infinito. Sentada en esa esquina veía pasar su vida, intercalando los recuerdos felices con los tristes, lamentos y nostalgias con celebraciones. La contemplación compasiva de la vida no debería ser cosa solo de esta edad, pensó, pero sabía que nadie le iba a creer, que todos los que caminaban afanados y pasaban de largo por donde ella estaba sentada, sentían en ese momento que no había nada más importante que el lugar a donde se dirigían y ella disfrutaba la certeza de saber que ya no quería ir a ningún lugar, que iba a estar bien en su casa, en la esquina o tomando un café con alguna amiga. Que los lugares son importantes en la medida en que uno realmente los habita, en presencia y consciencia. Esa mujer sintió que toda su vida había pasado para poder estar sentada en esa esquina, serena y en contemplación; que todo el camino recorrido, todo lo que había hecho y las personas que había conocido la llevaron hasta allí, hasta encontrarse completa y en calma en una esquina cualquiera, donde no necesitaba nada, porque había encontrado en ella misma su propio centro.