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Opinión

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Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
31 de agosto de 2025

El profeta Jeremías habla contundentemente cuando expresa: “Maldito el hombre que confía en el hombre y aparta su corazón del Señor”.

Por: Selma Samur de Heenan El profeta Jeremías habla contundentemente cuando expresa: “Maldito el hombre que confía en el hombre y aparta su corazón del Señor”. Con esa advertencia, señala el error de construir la vida sobre la mentira que nos induce a pensar que las fuerzas humanas son suficientes para sortear los avatares de la vida, dejando de lado a Dios. Jeremías complementa su argumento aclarando que quien así procede terminará como un arbusto reseco, sin raíces que lo sostengan. Pero también afirma que los que sí confían en el Señor serán como un árbol plantado junto a las aguas, que permanece firme y fecundo aún en los momentos más duros. El Salmo noventa y uno completa la anterior enseñanza: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la protección del Dios del Cielo”. Allí se proclama que Dios es refugio y fortaleza. No se promete un camino sin pruebas, pero sí la seguridad de que, en medio de ellas, siempre habrá amparo. Jeremías habla de raíces que dan vida y recuerda la protección constante de quien se acoge al Señor. Ambas exclamaciones las podemos y debemos aplicar en la vida práctica, porque todos enfrentamos situaciones en que los apoyos humanos no alcanzan. La enfermedad que se prolonga, la economía que tambalea, los conflictos familiares que desgastan el corazón. En esos momentos se hace evidente que Dios es quien abre caminos, ilumina las decisiones y da la fortaleza necesaria para seguir adelante. Esperar en Dios también toca lo cotidiano, toda vez que no se limita a las grandes pruebas, sino que transforma la manera de trabajar, de relacionarnos y de tomar decisiones sencillas. Poner a Dios en el centro de cada día nos libra de la ansiedad y nos da paz en medio de lo ordinario. La fe es una vida sostenida por la certeza de que Dios nos acompaña en todo momento. Confiar en el Señor es la certeza de su presencia, reflejada en la madre que al orar por su familia encuentra serenidad; en el padre que enfrenta dificultades económicas y recibe ánimo para continuar; en el enfermo que halla paz en medio del dolor, y en el joven que descubre claridad para orientar su camino. En cada historia Dios sostiene, ilumina y fecunda la vida de quien deposita en Él su confianza.