
En la crisis

Trabajo, todos los días, con el sufrimiento, el dolor, la angustia y el malestar de los otros. Acompaño, escucho, sostengo, confronto, clarifico. Hago todo lo que siento que debo hacer para que quien está conmigo sienta que la vida es más liviana, que no esta sola(o), que puede decidir cosas, transformar otras, asumir alguna postura diferente, comprenderse a sí mismo desde otro lugar, acercándose a captar qué es, que busca, qué espera.
Trabajo, todos los días, con el sufrimiento, el dolor, la angustia y el malestar de los otros. Acompaño, escucho, sostengo, confronto, clarifico. Hago todo lo que siento que debo hacer para que quien está conmigo sienta que la vida es más liviana, que no esta sola(o), que puede decidir cosas, transformar otras, asumir alguna postura diferente, comprenderse a sí mismo desde otro lugar, acercándose a captar qué es, que busca, qué espera. Todo esto sucede en el tú a tú, en el consultorio (o en línea, dependiendo del caso). Momentos donde la vulnerabilidad aparece y la sostenemos juntos de manera cuidadosa y serena, donde hay tiempo para doblar y desdoblar las palabras, dónde el llanto se sostiene y no se afana para que se frene, donde la desesperación se observa enmarcada dentro del mundo emocional y la historia de vida de la persona y se invita, muchas veces, a permitir que las cosas sigan el curso, comprendiendo que hay situaciones que no podemos forzar y el reto entonces es rendirse a eso para poder avanzar por una vía diferente. Sé hacer todo eso. Suena pretencioso, pero es así. Y sin embargo, éste domingo, cuando al levantarme encontré un mensaje de mi amigo, que vive en Montería, contándome que había tenido que evacuar su casa, sacando a duras penas dos o tres cosas y sus dos gatas, el corazón se me hizo un nudo, la cabeza un ocho y por un momento no supe qué hacer. Es que hay situaciones donde la empatía debe pasar de la palabra a los actos, en los que nuestra presencia necesita ser sentida más allá de lo intangible, de los mensajes de aliento o del activismo de redes sociales que piden solidaridad y dibujan un corazón roto por las dimensiones de la tragedia, pero se quedan en ese gesto loable, pero insuficiente, cuando lo has perdido todo o casi todo. Y se movieron las cosas y mucha gente respondió. Y le mandamos algo, que suena a mucho, pero puede que sea poco, para que puedan reponer lo perdido. Pero yo sigo con el corazón chiquito. En la crisis lo que calma es la activación de las redes de apoyo, lo dice la teoría de los Primeros Auxilios Psicológicos, la conexión con familiares, amigos, vecinos y recursos comunitarios proporciona el sostén emocional y práctico que permite a la persona afectada sentirse acompañada y recuperar la sensación de seguridad. Es en ese tejido social donde se encuentra el verdadero poder restaurador frente a la adversidad. Esta claro, en esos momentos el sostén es emocional, pero también práctico. Creo que por eso me he sentido así, porque por un momento al descubrirme de forma pragmática moviendo la red de apoyo para que recibieran algo de dinero, me sorprendí sintiendo como si eso fuera desleal a mi modo de ser como terapeuta. En terapia, la empatía se contiene en las palabras para construir una historia distinta; pero en las crisis, la empatía deben ser gestos concretos que le permita al otro saber, que no tiene por qué sostener eso solo.