
Empatía

Empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro para entender sus sentimientos. No es simplemente comprender racionalmente lo que alguien experimenta, sino conectarse afectivamente con su dolor o alegría como si fuesen propios.
Por Selma Samur de Heenan Empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro para entender sus sentimientos. No es simplemente comprender racionalmente lo que alguien experimenta, sino conectarse afectivamente con su dolor o alegría como si fuesen propios. Lamentablemente esta posibilidad se está utilizando como un salvoconducto emocional al reclamarla para evitar una corrección, eludir alguna señal de advertencia o exigir silencio frente a decisiones equivocadas. Ser empáticos no requiere que renunciemos al criterio propio, ni que callemos ante el error, ni aceptar como correcto lo que otra persona siente o la manera de percibir las cosas, cuando realmente no sea así. Tampoco implica justificar lo injustificable o abstenerse de intervenir cuando alguien se está haciendo la víctima sin serlo. La empatía auténtica no puede desligarse del bien ajeno porque esa debería ser su finalidad. Ponernos en el lugar de un tercero no significa salirnos del propio, abandonando la conciencia ni dejando a un lado la experiencia personal que nos permite ver con más perspectiva cualquier suceso. Si al acompañar a otro en un momento particularmente complejo, en aras de ser empáticos dejamos de ser objetivos para darle la razón sin tenerla, no estamos cumpliendo con nuestro deber de ayudar. Igual, podríamos equivocarnos guardando silencio sobre las consecuencias del actuar o convencimiento errado, porque advertirlas hace parte de la obligación moral del que se ha equivocado. Jesús no fue indiferente al dolor ajeno. Él se conmovió, escuchó y sanó sin ignorar la gravedad del pecado. A la mujer adúltera la defendió del castigo público, pero la exhortó con firmeza: “Vete, y no peques más”. Sin humillarla o condenarla, le mostró que tenía pecados y la dirigió hacia un cambio. Es fácil ser cómplices en vez de empáticos, porque quien desea ser comprendido o validado, quiere que se le escuche sin intervenir, se le acompañe sin disentir, y se le entienda sin corregir. Si nos limitamos a ver el dolor ajeno, sin propiciar una reflexión sobre la posible responsabilidad que esa persona tiene en la situación que afronta, aunque bien sea por miedo a ocasionarle un nuevo sufrimiento o simplemente incomodarla, terminamos siendo hipócritas o indiferentes. La empatía debe acompañar, pero conservando la prudencia, la distancia y el juicio propio necesarios para ofrecer un apoyo real, con palabras sinceras que aporten luz y verdad, pese a que estas no sean la que se espera oír.