
El verdadero sentido

Una reflexión personal compara a Dios con el azúcar que endulza la vida, basándose en una experiencia de fe y cómo transformó la tristeza en alegría. El testimonio destaca la importancia de la presencia divina.
Por: Selma Samur de Heenan Hace unos días, leí la historia de una mamá que buscando la manera de explicarle a su pequeña hija la presencia invisible de Dios en su vida, le puso como ejemplo que Él es como el azúcar de su café con leche. La niña no puede ver lo que endulza su bebida, pero sabe que está ahí por el sabor dulce que tiene y solo de esa manera es posible que ella la tome. En ese momento recordé algo de mi propia experiencia de vida, la que les cuento como testimonio que nos lleva a pensar y meditar en el sabor que estamos dando a cada uno de nuestros días. Por muchísimos años viví alejada de la fe y de la Iglesia que Jesús fundó para cada uno de nosotros. A cambio, andaba sujeta a muchas de las mentiras con que nos enredan los pecados enemigos de nuestra alma. Durante ese tiempo, era común que tuviera estados de ánimo muy tristes, principalmente los domingos en las horas de la tarde, en que la nostalgia era absoluta. No entendía a qué se debía ese sin sentido o desazón que me paralizaba y enlutaba mi espíritu, y por andar mezclada con todo tipo de creencias, llegué a pensar que podía tratarse de un anuncio premonitorio de que mi muerte sería un domingo, en una de esas horas vespertinas. Cierto día, años después de mi reencuentro con Jesús por medio de la virgen María, estaba muy contenta hablando de Dios luego de ver una maravillosa película de santa Rita de Casia, cuando apareció en mi corazón la respuesta correcta a esa pregunta dominguera de antaño. La tristeza que había padecido tantos domingos era por la ausencia de Dios en mi vida, y por no estar santificando su santo día. Lo comprendí clarísimo, era cierto, esos días que debían ser dedicados al Señor, los ofrecía al mundo, ocupándome de fiestas y cosas banales que antes que acercarme a la Gracia Divina me alejaban. DIOS le dio sabor, sentido y propósito a mi vida. Puedo atestiguar que, sin ÉL y su palabra, mi camino temporal era gris, insípido y desorientado. Cuando me decidí por Jesucristo, todo empezó a proyectarse diferente hacia una meta con la cual orientar mi vida presente y una alegre esperanza de llegar a la plenitud de la vida eterna. Démosle a la Navidad, su verdadero sentido, porque no celebramos una fecha sino el gran acontecimiento, que es el nacimiento de Dios, en un humilde pesebre, hecho hombre con el nombre de Jesús.