
El valor de lo discreto.

Hay personas que viven con serenidad, sin grandes altibajos ni emociones descomunales. Son almas discretas que aman sin ruido, sirven con gozo y hacen el bien con naturalidad.
Por Selma Samur de Heenan Hay personas que viven con serenidad, sin grandes altibajos ni emociones descomunales. Son almas discretas que aman sin ruido, sirven con gozo y hacen el bien con naturalidad. Su cotidianidad es una ofrenda callada en medio de tareas sencillas, como cuidar con ternura a un enfermo, dedicar tiempo a labores de beneficencia o acompañar en silencio a alguien que sufre. No buscan destacarse, pero con su presencia pueden hacer mucho bien, incluso transformar una situación difícil en una oportunidad para la reconciliación o el perdón. La prudencia indica paz interior. Facilita el actuar con rectitud, servir con generosidad y ofrecer sin esperar nada. También se refleja en hablar con mesura, sin herir ni juzgar; en vestir con sobriedad, en ayudar sin llamar la atención, y en aceptar las pruebas con confianza. Se nota en el modo de tratar a los demás, escuchando con respeto y guardando reserva sobre lo que pertenece al corazón ajeno. Es una virtud que nace de no querer aplausos del mundo, porque solo se busca el visto bueno de Dios. El beato Manuel Lozano Garrido, periodista español paralizado durante años, escribió con esperanza desde su silla de ruedas, y convirtió el sufrimiento en optimismo para otros. La beata Marta Robin, postrada durante décadas, ofreció su dolor por la conversión de las almas, mostrando que la enfermedad unida a la cruz es fuente de redención silenciosa. La beata Guadalupe Ortiz santificó su trabajo como química, entregándose a Dios con buen humor y sencillez, mientras el empresario argentino Enrique Shaw encarnó la caridad en el ámbito laboral, cuidando a sus empleados y promoviendo la justicia con un corazón creyente. ¿De cuántos de ellos habíamos oído? Es posible que de ninguno, porque ellos eligieron vivir sin alardes, dando el amor que no necesita testigos. Sin hacer bulla nos enseñan que lo cotidiano puede adquirir valor eterno cuando se vive con pureza de intención, buscando siempre el bien ajeno. Quien procura agradar al Señor en lo pequeño, aunque nadie lo note, participa ya de la alegría del Cielo. Allí está el verdadero mérito: en hacer de cada gesto un regalo sin precio. Debemos ser capaces de vivir con discreción, sin las quejas, la publicidad o la algarabía que pretenden atraer los aplausos del mundo. “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” Mateo 6.6