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Opinión

El simulacro

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
11 de mayo de 2025

En Suiza, en la Capilla de San Pedro, desde agosto de 2024 se puso en marcha una instalación inquietante: un “Jesús” con inteligencia artificial que conversa con las personas dentro de un confesionario.

Por Selma Samur de Heenan En Suiza, en la Capilla de San Pedro, desde agosto de 2024 se puso en marcha una instalación inquietante: un “Jesús” con inteligencia artificial que conversa con las personas dentro de un confesionario. Lo presentan como un experimento artístico, una propuesta cultural para explorar los límites entre la tecnología y lo sagrado. Sin embargo, ¿por qué poner esa figura en un confesionario? Si el propósito era meramente reflexivo, ¿por qué no ubicarla en el centro de una galería, en el patio de la iglesia o dentro de una exposición abierta al público? Tal vez porque hay una intención simbólica que conlleva un mensaje para formar o deformar. No es la primera vez que, de manera silenciosa, disimulada y estratégica, se introducen cambios profundos en la conciencia colectiva. Para imponer el aborto, usaron argumentos sensibles que conmovieron a muchos: una menor de edad violada por varios hombres; un bebé malformado que vendrá al mundo solo a sufrir, o el gravísimo peligro para la madre si continúa con su embarazo. El mundo se conmovió, y las leyes comenzaron a flexibilizarse “solo en esos casos”. Pero esa compasión inicial fue utilizada como herramienta para imponer una mentalidad. La excepción se convirtió en norma. Hoy, en muchos países, se puede abortar por cualquier motivo o incluso sin ninguno. Y lo que antes se rechazaba como extremo, ahora se exige como derecho. La ingeniería social primero sensibiliza, luego normaliza y, finalmente, impone soslayadamente mediante símbolos, mentiras y gestos, todo aparentemente inofensivo. Por eso, este Jesús artificial no es un simple holograma: es una estrategia. Puede escuchar, incluso consolar con frases del Evangelio, porque fue programado para hacerlo. Pero no es Cristo vivo, no es instrumento del Espíritu Santo, y no puede perdonar. No hay absolución, ni gracia sacramental ni presencia real. Solo hay respuestas predefinidas. No se trata de rechazar la tecnología, sino de darle un uso apropiado. Una máquina no puede reemplazar la experiencia viva del encuentro con Cristo. La confesión no es un monólogo frente a un avatar. Es un sacramento, no una aplicación de asistencia espiritual. Y quien no entiende eso, se arriesga a sustituir la fe por una ilusión, y a Dios por un algoritmo. Lo más alarmante es la ceguera espiritual de tanta gente que lo ve con naturalidad y piensa que no hay ningún inconveniente con ese absurdo simulacro.