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Opinión

El Señor de los Milagros

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
14 de septiembre de 2025

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Juan 3,14-15)

Por Selma Samur de Heenan Con oraciones, novenas, procesiones y peregrinaciones, muchas personas honran al Crucificado que sigue obrando maravillas entre sus devotos. Cada 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz, se conmemora al Señor de los Milagros. En Bogotá, en la parroquia de San Alfonso María de Ligorio, los creyentes se reúnen para rendir culto a Cristo Redentor. Allí muchos narran favores recibidos: enfermos que hallan alivio, familias que recuperan la paz, y corazones atribulados que encuentran consuelo. En Buga, Valle del Cauca, está la basílica que recibe millones de visitantes. En sus muros se conservan testimonios de curaciones físicas, conversiones y reconciliaciones. Se cuenta, también, que el crucifijo era pequeño y, tras ser hallado en el río, creció milagrosamente; que cuando intentaron destruirlo en el fuego, no se consumió, sino que sudó un líquido que los fieles recogían con algodones, y que el río desvió su cauce para facilitar el paso a los peregrinos. La imagen venerada en la Villa de San Benito Abad, en Sucre, fue esculpida en España, y enviada en 1678. Desde entonces se convirtió en el corazón espiritual de la región. Un relato popular habla de tres viajeros que llegaron con tres ataúdes, y en uno de ellos estaba la talla destinada a San Benito, dando inicio a una devoción que pronto se expandió. La iglesia fue elevada a Santuario en 1962, y cada año se celebran dos momentos especiales: en marzo, una romería dedicada al perdón y la reconciliación; y en septiembre, el aniversario de la llegada de la imagen. En ambas fechas, las calles se llenan de peregrinos que, con cantos y plegarias, agradecen los favores recibidos y piden nuevas gracias. Abundan los testimonios de sanaciones físicas y espirituales que sostienen la fe del pueblo. En Bogotá, en Buga y en La Villa, el Señor de los Milagros es majestuosamente honrado. Al contemplar a Cristo crucificado nos preguntamos ¿Por qué ese ensañamiento? ¿Por qué tanto dolor? La respuesta es siempre la misma: porque nos amó hasta el extremo y nos dejó como herencia la Cruz, como símbolo de su verdadera victoria.