
El saber elegir

Elegir es un acto cotidiano, pero profundamente transformador. Desde decisiones simples como qué ropa usar o qué beber en el desayuno, hasta decisiones que definen el rumbo de nuestras vidas, como qué carrera estudiar, en qué invertir nuestro tiempo, o por quién votar.
Por Susana Viera Elegir es un acto cotidiano, pero profundamente transformador. Desde decisiones simples como qué ropa usar o qué beber en el desayuno, hasta decisiones que definen el rumbo de nuestras vidas, como qué carrera estudiar, en qué invertir nuestro tiempo, o por quién votar. Cada elección, por trivial que parezca, construye una parte de nuestro destino individual y colectivo. Como decía el filósofo Jean-Paul Sartre: “Estamos condenados a ser libres”, lo que implica que somos responsables de cada una de nuestras decisiones, incluso de aquellas que tomamos por omisión. En el contexto colombiano actual, este derecho y deber de elegir cobra aún mayor importancia. Elegir a nuestros gobernantes no es solo marcar un nombre en un tarjetón, es definir el rumbo del país, es decidir a quién entregamos la legitimidad para que administre lo público, represente nuestros intereses y encarne nuestras aspiraciones. Pensemos, por ejemplo, en una decisión cotidiana: tomar el ascensor o subir las escaleras. A primera vista, parece una elección banal. Pero incluso en esas pequeñas decisiones hay variables que nos condicionan, como el tiempo disponible, la salud, la prisa, el azar. Imaginemos que al abrirse la puerta del ascensor, te encuentras con el presidente. ¿Casualidad? Tal vez. ¿Probabilidad? Dependerá de tu entorno, tus contactos, tu rol social. La probabilidad aumenta si formas parte del gobierno, eres congresista o perteneces a un partido político. Pero si eres un ciudadano común, ¿cuán cerca estás realmente del poder que tú mismo ayudaste a elegir? Este ejemplo, aparentemente trivial, nos permite reflexionar sobre algo más profundo: ¿cuáles resultados en nuestra viday en nuestro país, dependen de nuestras decisiones y cuáles del azar? Muchos dudaron de la capacidad política de Gustavo Petro, y hoy muchos cuestionan su gobierno. Pero no llegó al poder por accidente. Fue elegido, con votos, con esperanza, con expectativas. No fue obra del azar, sino consecuencia directa de una elección democrática. Elegir, entonces, no es el final del proceso político: es el comienzo de nuestra responsabilidad como ciudadanos. ¿Y si pensamos a Colombia como un proyecto colectivo en el que podamos sumar conocimientos, voluntades, pasiones? La política, al igual que la vida, no se gana solo con dinero, aunque sea un factor relevante. Hoy más que nunca, se requieren ideas, coherencia, visión de futuro y compromiso ético. El futuro del país se decide en las urnas, pero también en las conversaciones, en las preguntas que nos hacemos, en la calidad de los debates. ¿Quién será el próximo presidente de Colombia? No lo sabemos aún, pero sí sabemos algo: será alguien que elegiremos, no que nos será impuesto. Cualquiera que sea el próximo líder, el reto será el mismo, ayudarnos a construir una mejor versión de Colombia. Y esa mejor versión no será fruto del azar, sino del saber elegir.