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Opinión

El romance a los 50

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
23 de noviembre de 2025

Ella viste de negro. No porque esté de luto, es su declaración de poder. Un uniforme de mando emocional y estético. El color negro no suplica, no compite, no distrae. Es la piel simbólica de las mujeres que aprendieron a no disculparse por ocupar su espacio.

Por Susana Viera Ella viste de negro. No porque esté de luto, es su declaración de poder. Un uniforme de mando emocional y estético. El color negro no suplica, no compite, no distrae. Es la piel simbólica de las mujeres que aprendieron a no disculparse por ocupar su espacio. Él, en cambio, busca colores disruptivos. Habla con la seguridad de quien cree que la vida es una plataforma conceptual donde el anaranjado, el azul rey o el verde neón son sinónimos de autenticidad y comodidad. Se conocen por teléfono, ese arte extinto de seducir sin filtros de imagen ni emojis. Ella pensó: “por fin alguien que escucha”. Hablaron durante horas, descubriendo que tenían sincronía verbal, sentido del humor compatible y una química mental poco común en tiempos donde la atención se mide por likes. Y cuando uno se entiende tanto sin verse, empieza a creer que el amor es cosa de frecuencia, no de fragancias o colores. Hasta que llegó el encuentro físico. Ella se acercó y sintió cómo su perfume la sentenciaba. Él la vio vestida de negro y sintió que estaba frente a una ejecutiva que podría despedirlo de su propia cita. Ella pensó que, si el olor era un ensayo sobre la masculinidad, prefería el silencio. Él pensó que, si ella no entendía su esencia, tal vez era demasiado racional. En otras palabras, ambos tenían razón. Él admira la inteligencia y el humor. Ella la independencia y el misterio. Pero hay un abismo entre admirar y convivir. Porque una cosa es debatir ideas por teléfono, y otra es resistir el aroma a “María Farina” legado de su padre y abuelo.Y así, entre aromas y colores, se vuelve evidente el dilema contemporáneo: ¿cómo amar a alguien sin renunciar al olor propio?En un mundo donde todo es negociable —la fidelidad, el horario, incluso el género— el perfume sigue siendo frontera de soberanía personal. Él intenta conquistarla desde el discurso del respeto a la diferencia. Ella responde con la calma de una mujer que ha escrito sobre límites emocionales: Saben que no es un debate sobre perfume y ropa, es una discusión sobre territorio. Porque detrás de cada diferencia estética hay una lucha de poder (quién se adapta, quién cede, quién definen dónde vivir). En la era de lo políticamente correcto, donde se exige empatía, paridad y sororidad, es difícil negociar las diferencias de pareja. Ella representa a las mujeres que ya no ceden su comodidad para complacer. Él encarna al hombre educado en la idea de la autopercepción como marca personal. Es decir, ambos son víctimas de su propio marketing emocional. Podría parecer una comedia de pareja, pero en realidad es el intento desesperado de combinar universos incompatibles. Así es el romance a los 50: inviable por particularidades innegociables.