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Opinión

El 'Petroncito' Mentiroso: Una fábula de la política moderna

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
17 de junio de 2025

Érase una vez un país cansado de lo mismo, que en su desespero eligió a un nuevo pastor de promesas, un redentor de discursos, un mesías de tarima. Lo llamaron Petro, pero bien podría haber sido “Petroncito”...

Por Silverio José Herrera Caraballo Érase una vez un país cansado de lo mismo, que en su desespero eligió a un nuevo pastor de promesas, un redentor de discursos, un mesías de tarima. Lo llamaron Petro, pero bien podría haber sido “Petroncito”, por aquello del cuento clásico: el pastorcito mentiroso. Cada vez que abría la boca, venía una nueva alerta de lobo: la Constituyente, el fin del ELN, el gobierno sin corrupción, la paz total. Cada frase un titular; cada titular, una mentira. Desde antes de su posesión ya anunciaba vientos de cambio que solo traían tormentas. "Golpes blandos" gritaba, mientras golpeaba la institucionalidad con su verborrea caótica. A cada escándalo, un nuevo chivo expiatorio: si no era su hijo, era el director de la UNGRD; si no era el gabinete, era la oposición. Como la Chimoltrufia, "así como dice una cosa, dice otra", siempre girando en un torbellino de contradicciones que convertían el gobierno en una tragicomedia. Lo prometido era deuda, pero Petro no se dignó ni a endeudarse con la verdad. Prometió que el ELN duraría tres meses; hoy, se han fortalecido más que nunca. Juró que su gobierno sería ejemplo de transparencia: Mintió, hoy, la corrupción se pasea por los pasillos del poder como Pedro por su casa. Habló de paz, pero no logró ni la armonía entre sus propios ministros. Y lo más grave: jamás gobernó, ni siquiera intentó parecer que lo hacía. Improvisación y mentiras ha sido su política de Estado. Su gabinete, una suerte de vecindad del Chavo (me disculpo con el original y magnífico elenco humorístico ante la comparación), donde cada quien hace lo que quiere, mientras el presidente se pierde en nebulosas filosóficas, viajes etéreos y discursos enredados. El país, perplejo, observa cómo el barco navega sin rumbo, sin capitán, sin mapa. En algún momento se llegó a pensar que cambiaría su posición beligerante y su discurso, especialmente tras el atentado contra el senador Miguel Uribe. Pero fue peor. Enfiló sus fuerzas a sacar por decreto su consulta e incluso a amenazar nuevamente con una constituyente. En un trino dirigido al expresidente César Gaviria, sin pruebas ni argumentos, insinuó que el ataque provenía de sectores opositores a su gobierno y de quienes impulsaban la consulta popular, asegurando incluso que habían amenazado a los hijos de los miembros de su gabinete y al suyo propio. Una afirmación tan absurda como preocupante, que solo agravó el clima de hostilidades, especialmente después del hundimiento de su reforma en el Congreso. Petro cada vez se mueve con más soltura entre la incoherencia y lo absurdo. Y así, tras tres años de anuncios apocalípticos, arengas mesiánicas y un desfile de promesas rotas, Petroncito llega a su último año de gobierno (eso esperamos todos, de Petroncito cualquier cosa se puede esperar). El pueblo, ya cansado, ha dejado de correr cada vez que grita "lobo". Aprendió que tras cada alarido no hay amenaza, solo una nueva mentira u otra idea absurda en el gobierno del falso cambio. El pasado fin de semana fue la marcha del silencio en todo el país, la voluntad del pueblo cansado de la Violencia y el desgobierno, ha iniciado otra semana donde nada esta seguro. Gustavo Petro pasará a la historia, no como el revolucionario que prometió cambiarlo todo, sino como el pastorcito que mintió tanto, que cuando el país realmente lo necesitó, ya nadie le creyó. La fábula está contada. El daño, hecho. Y la lección, aprendida: no todo el que grita cambio viene a salvarnos.