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Opinión

El ocaso de la democracia

Jorge Víctor Beleño
Jorge Víctor Beleño
Columnista
31 de mayo de 2026

La democracia, ese ideal por el que generaciones lucharon y al que aspiraban como modelo de libertad, hoy parece desmoronarse ante nuestros ojos. No por un golpe de Estado ni por la imposición de una tiranía explícita, sino por el desgaste progresivo causado por los propios actores que deberían defenderla: Los gobernantes que elige el pueblo.

La democracia, ese ideal por el que generaciones lucharon y al que aspiraban como modelo de libertad, hoy parece desmoronarse ante nuestros ojos. No por un golpe de Estado ni por la imposición de una tiranía explícita, sino por el desgaste progresivo causado por los propios actores que deberían defenderla: Los gobernantes que elige el pueblo. En las últimas décadas, hemos sido testigos de fenómenos alarmantes: Tanto la llegada al poder de mandatarios que carecen de preparación y experiencia en el funcionamiento del Estado como aquellos que gobiernan con ideologías y odios. No se trata únicamente de la idoneidad; también me refiero a quienes al elegirse no logran entender que ya no gobiernan para el sector que los eligió sino que lo hacen para todos. Cada proceso electoral posee sus particularidades; pero en su generalidad, la lucha por el poder acude a la manipulación de encuestas y al movimiento de masas apelando a lo emocional a través de figuras carismáticas, cuya popularidad en redes sociales pesa más que su capacidad para proponer una verdadera trasformación del territorio. También es común pretender captar el poder acudiendo a otra estrategia corrosiva: la compra de votos y la inversión desmedida en logística y publicidad de campañas. Ahora bien; lo que debería ser una contienda de ideas y propuestas, se ha convertido en una subasta en la que gana quien más conecte con el elector y no quien mejor propone la solución a los problemas en un país tan complejo como el nuestro. Estas inversiones desmedidas, que en muchos casos provienen de fuentes opacas, se traducen luego en gestiones mediocres, centradas en pagar favores o simplemente recuperar lo gastado mas utilidades. ¿Entonces donde queda la vocación de servir y liderar procesos de transformación? En casos como estos, el poder ejecutivo deja de estar al servicio de la ciudadanía y se convierte en un campo de negocios privados con fondos públicos. ¡Es la verdad! Por último, no podemos dejar de mencionar el vacío de contenido real en las campañas políticas. Los discursos se han reemplazado por slogans sin sustancia y las promesas en frases de cajón que apelan a la emoción, pero carecen de viabilidad; en resumen, decir lo que el pueblo quiere escuchar. Cada vez se aminoran los debates, las propuestas medibles con metas claras y plazos definidos, dejando el terreno fértil para trabajar el inconsciente colectivo. Lastimosamente las campañas se construyen para ganar elecciones, no para gobernar. Ante este panorama, la democracia no muere de un solo golpe, sino de pequeñas heridas. Cada elección vacía de contenido, cada voto comprado, cada gobernante incompetente, es un paso más hacia su ocaso. El deber ciudadano no termina con el voto; empieza ahí. Exigir preparación, transparencia y propuestas serias no es un lujo, es una urgencia. Tu voto es tu voz; úsala para construir el país que sueñas.