
El milagro del perdón

Cuando tengas problemas, las soluciones y respuestas generalmente las encontrarás, no fuera de ti, sino por el contario muy en tu interior. Esto explica porque estos perduran, ya que los ubicamos en el lugar equivocado. Señalamos y culpamos a otros, rara vez somos conscientes de nuestra responsabilidad, deshonestidad e incoherencia.
Cuando tengas problemas, las soluciones y respuestas generalmente las encontrarás, no fuera de ti, sino por el contario muy en tu interior. Esto explica porque estos perduran, ya que los ubicamos en el lugar equivocado. Señalamos y culpamos a otros, rara vez somos conscientes de nuestra responsabilidad, deshonestidad e incoherencia. Analízate con cariño y sinceridad en ti mismo, y reflexiona sobre esos porqués que te impiden avanzar. Somos una caja de sorpresas que siempre estuvo ahí, sin ser revisada ni atendida. Es una posesión personal e intransferible, como un gran tesoro que tiene piezas que limpiar, pulir o desechar. Nuestro pasado explica nuestro presente. Con la mirada del adulto que eres hoy, atrévete a revivir algún recuerdo al que rehúyes, no para volver a sufrir, ni para atormentarte o culparte, obsérvalo como si lo hicieras desde un balcón. Mirarás mentalmente una escena conocida, la contemplarás como si fuese ajena a ti. Reconócete como protagonista sin juzgar. Confundidos, en su momento atrapados en emociones y palabras, pero… muy humanos. Eres espectador de esa situación, no la califiques ni señales errores, no le pongas sentimientos acusadores. Háblales a esos personajes, con amor. Diles que es hora de revaluar enfoques, de aceptar que todos pudieron acertar o equivocarse, que no utilizaron otras alternativas y soluciones simplemente porque las ignoraban en ese momento. Que si falló la intención, fue por desconocimiento, inmadurez y falta de argumentos veraces. Acepta la fragilidad humana. Entonces, invita al perdón, al cambio. Reconócete lleno de luz interior y deja que esa luz abrace toda la escena, purificándola. Siente que amas, ¡Siéntelo! Suelta todo resentimiento. Anula mecanismos de defensa, y deja fluir sentimientos puros y sanadores. Atrae la paz en ti. Agradece la presencia sanadora del Espíritu Santo. Reverencia al ser sagrado que vive en todos. Repite este proceso mental y espiritual las veces que quieras, lentamente, en silencio y en privado, para ir depurando y liberando aquello que duele o sobra. La presencia Divina habita en nuestros corazones ¡Nunca estamos solos! Podemos permitirnos hablar libremente, reconocer desaciertos, pedir perdón a Dios, a los demás, y a nosotros mismos, disculpar las ofensas. Es una bellísima terapia personal e interior de sanación. “Podemos perdonar fácilmente a un niño que le tiene miedo a la oscuridad. La verdadera tragedia de la vida es cuando un adulto le tiene miedo a la luz.” Platón