
El Estado será el partero

La proliferación de normas que garantizan derechos diferenciados genera una espiral de demandas. El Estado, enfocado en la diversidad subjetiva, pierde su foco: el bienestar colectivo. ¿La solución? Un consenso social objetivo.
Por Leonardo Beltrán Pinto Hemos legislado hasta la saciedad, generando una avalancha de normas que garantizan derechos diferenciales a diversas poblaciones. Sin embargo, por cada norma aprobada, parece emerger un nuevo grupo que reclama un lugar bajo el sol, exigiendo su propio conjunto de garantías especiales. Es como si, al abrir la puerta de la igualdad, estuviéramos inaugurando una fábrica de diferencias. Cada día, un nuevo grupo levanta la mano y dice: "¡Oye, yo también quiero lo mío!" Y mientras tanto, seguimos comprando la idea de que el Estado es nuestro proveedor universal, el genio de la lámpara que está obligado a satisfacer todos nuestros deseos. El problema es que esta visión del Estado genera una espiral interminable de demandas, donde cualquier grupo que se sienta "violentado" en sus derechos (hoy o hace 500 años), exige una intervención estatal inmediata. La solución: reformas y más reformas. Sin embargo, hay aspectos de la vida que son tan objetivos como que el agua moja. No pueden dejarse a múltiples interpretaciones si lo que realmente queremos es equilibrio y convivencia. Necesitamos un consenso social basado en esa misma objetividad, porque, de lo contrario, corremos el riesgo de ahogarnos en un mar de subjetividades donde todo vale y es relativo. Mi abuela agregaría: “…y el diablo será el partero” queriendo decir “nos jodimos”. Lo más preocupante es que esta atención legislativa y operativa, enfocada en satisfacer la interminable diversidad subjetiva de los grupos diferenciados, está desgastando a los Estados. Los hace perder su foco central: generar bienestar colectivo. Y esto, lo creas o no, es lo que realmente debería importar, más allá de las ideologías. Sí, mucha razón tenía Chesterton cuando afirmó que "llegará el día en que será preciso desenvainar una espada para afirmar que el pasto es verde...". Y, en muchos sentidos, ese día ha llegado. Les dejo el caso de una maestra de matemáticas que fue despedida porque un estudiante, respaldado por sus padres, decidió que 2 + 2 era 22 y no 4, como enseñan las convencionales reglas. Acusó a la maestra de discriminar su realidad, a lo cual accedió la directiva de la escuela. Al día de su liquidación, la maestra, con una sonrisa sarcástica, tomó el cheque de 4.000 euros (2.000 por pagos y 2.000 por indemnización) y le dijo al rector: "Lo siento, estimado, pero según las nuevas reglas, me deben 22.000 euros". Y en ese momento, la realidad golpeó con toda su absurda ironía. Al final del ejercicio, quizá el pasto siguió siendo verde para los directivos de la escuela.