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Opinión

El ego político

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
11 de diciembre de 2022

El ego, esencial para la identidad individual, se torna perjudicial en política. Egocentrismo, promesas incumplidas y alejamiento del pueblo son algunas consecuencias de un ego exacerbado en el poder.

Por: Susana Viera ¿En qué pensamos cuando hablamos del ego? Etimológicamente, es una palabra proveniente del latín, y significa “Yo”.  Desde la perspectiva psicológica, es una instancia psíquica mediante la cual una persona se reconoce a sí misma y empieza a ser consciente de su propia identidad. Hasta allí, está bien, pero entonces cabe preguntar si el ego sería malo, cuando sabemos es necesario para tener consciencia y sentido sobre ser un individuo. No auto reconocernos y no auto valorarnos, desencadena crisis existenciales. Desde la perspectiva psicoanalítica, cuando pensamos en este prefijo, lo asociamos con términos como egocentrismo, egolatría, egoísmo y toda manifestación exacerbada o engrandecida del Yo. Se dice que el papel del ego en nuestra personalidad se traduce en actitudes, comportamientos y pensamientos donde la persona es el centro absoluto de sus decisiones con relación a los demás. Ahora bien, hay un punto de quiebre cuando esas manifestaciones predominan en las decisiones de nuestros políticos. “Voten por mí, porque yo soy mejor que ellos”. Una posición egocéntrica, normalizada en las contiendas electorales, con una nocividad muy alta si predomina en el ejercicio político, en tanto que de ellos depende la calidad de vida y bienestar colectivo, lo que implica no solo la afectación en la individualidad, sino en la dimensión social. Es más que una falencia psicológica cuando estas personas, pierden la noción del otro, dentro del concepto de bienestar público. El ego exacerbado después de ser electos se puede dimensionar en actitudes que van desde la llamada que no responden,  la cita que nunca cumplen, el alejamiento de las masas , las promesas incumplidas y lo inalcanzables desde su nueva posición. Todo un rosario de actitudes arrogantes y peyorativas en sus escenarios de superioridad desde un pedestal del que solo se bajan parcial y momentáneamente en el preludio de las próximas elecciones, cuando nuevamente fingen pertenecerles al pueblo. Asunto complejo cuando ese ego cegador e insaciable los domina, hasta el convencimiento de que no hay nadie mejor que ellos o su familia para ocupar su lugar, construyendo toda una monarquía política. También podemos ver el ego grupal, cuando no procede la censura frente a las “desvirtudes” de otro político. Muchos políticos caen en un juego perverso del Yo, partiendo de la base de que su razón para estar allí es una evidente conflictividad entre el buen servir y sus egocéntricos propósitos. ¿Por qué hilar sobre la forma cómo opera el ego en los políticos? Sencillo. Porque bajo el ego de unos pocos se toman las decisiones que afectan a muchos. Qué tal si mejor se desprenden del Tal-ego y honran su investidura.