
El Domingo

En toda democracia madura, la jornada electoral es más que un procedimiento administrativo; es un ejercicio colectivo de civilidad. Votar implica asumir que compartimos un espacio común, incluso con quienes piensan distinto. Por eso, la compostura no es un detalle menor.
En toda democracia madura, la jornada electoral es más que un procedimiento administrativo; es un ejercicio colectivo de civilidad. Votar implica asumir que compartimos un espacio común, incluso con quienes piensan distinto. Por eso, la compostura no es un detalle menor. Es la base que permite que millones de personas salgan a las calles el mismo día, entren a los mismos puestos de votación y participen del mismo proceso sin agredirse. La política puede ser intensa, pero el acto de votar debe ser sereno. Es un ritual cívico que exige respeto, paciencia y la convicción de que la diferencia no convierte a nadie en adversario personal, no debe poner en riesgo relaciones familiares ni amistades. Por otro lado, así como ocurrió en la primera vuelta, esta segunda tampoco tuvo debates. Y esa ausencia, más que un vacío mediático, termina afectando directamente a la ciudadanía. Dos candidaturas con visiones opuestas del país quedaron aisladas entre sí, encerradas en si mismas, sin un espacio formal para contrastar ideas, explicar propuestas o responder preguntas difíciles. El debate es un mecanismo democrático que obliga a los candidatos a dialogar, a argumentar y a rendir cuentas. Cuando no ocurre, la conversación pública se empobrece y los votantes llegan a las urnas con menos elementos para decidir. En política es clave la disposición a hablar, a escuchar y a confrontar con altura. En este escenario, el llamado más importante es a respetar los resultados. Aceptar el veredicto ciudadano, incluso cuando no coincide con nuestras preferencias. Colombia cuenta con uno de los sistemas electorales más sólidos de la región, reconocido por su capacidad técnica, su transparencia y su rapidez. Confiar en ese sistema no es un acto de fe, sino el reconocimiento de un trabajo institucional que ha resistido tensiones políticas, crisis y cambios de gobierno. Sea cual sea el resultado, lo que sigue es confiar en la fortaleza de nuestras instituciones. Colombia tiene un sistema de pesos y contrapesos que no depende del talante de un presidente, sino de la arquitectura constitucional que limita excesos y evita extralimitaciones. Los avances y derechos construidos durante décadas no están a merced de un solo ciclo electoral. La democracia es más grande que cualquier candidatura. El domingo votamos. El lunes, las instituciones siguen ahí. Y es precisamente esa continuidad la que garantiza que el país no retroceda.