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Opinión

El deterioro del lenguaje público

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
8 de febrero de 2026

Las palabras no son inocentes. Son decisiones. Son límites. Son puentes. O son incendios. Y cuando quien gobierna confunde la palabra con el arrebato, la política deja de ser diplomacia para convertirse en ruido.

Las palabras no son inocentes. Son decisiones. Son límites. Son puentes. O son incendios. Y cuando quien gobierna confunde la palabra con el arrebato, la política deja de ser diplomacia para convertirse en ruido. Gobernar es, en gran medida, narrar. Un presidente no solo firma decretos, también construye sociedad. Por eso el lenguaje no es accesorio del poder, sino su herramienta más delicada. Un jefe de Estado que habla sin medida, que convierte cada intervención en trinchera, que improvisa metáforas bélicas o descalificaciones personales, no está siendo franco, está siendo imprudente. Puede que la franqueza construya confianza, pero el lenguaje inapropiado erosiona legitimidad. Colombia ha sido testigo, en los últimos años, de una retórica oficial cada vez más impulsiva, más emocional que estratégica, más orientada al aplauso inmediato que a la trascendencia. Trinos que parecen discusiones de sobremesa, discursos que sustituyen argumentos por afirmaciones vagas, intervenciones donde la diplomacia cede ante la confrontación. El resultado no es autenticidad, es enfrentamiento. Y en política exterior se tensan relaciones, todo por una palabra mal medida. El lenguaje del poder debería ser quirúrgico. No se trata de hablar bonito, sino de hablar responsablemente. Cada verbo tiene consecuencias. Cada adjetivo puede escalar un conflicto. Un presidente no puede permitirse el lujo de hablar como si estuviera en una tertulia de bohemios. Sus frases impactan en la economía, en la confianza internacional y en la estabilidad institucional. Pero el problema no se limita a la Casa de Nariño. También se extiende a los micrófonos. Periodistas, creadores de contenido, opinadores de ocasión, muchos con miles de seguidores, han normalizado una pobreza verbal que asusta. No solo por las ideas, sino por la gramática. Verbos mal conjugados, frases atropelladas, errores básicos que se repiten hasta volverse costumbre. “Me apreta” en lugar de “me aprieta”. “Andé” por “anduve”. “Hubieron problemas” cuando el verbo haber es impersonal. El uso incorrecto del verbo colocar, son pequeñas fracturas que parecen menores, pero que revelan algo más profundo: las brechas sociales. Si empobrecemos la forma de hablar, también lo hacemos con el entendimiento de la realidad. No es un asunto de elitismo lingüístico. Quien no verbaliza bien, no piensa bien. Y quien no piensa bien, decide mal. El deterioro del discurso público es siempre el prólogo de la degradación política. Por eso el debate que Colombia necesita no es más grito, sino más claridad. Más argumentos, menos consignas. Más diplomacia, menos arrebato. Más rigor, incluso en algo tan aparentemente simple como conjugar un verbo. Hablar bien no es un lujo intelectual, es una responsabilidad cívica. Porque, al final, las naciones también se gobiernan con gramática. Y un país que se expresa sin precisión termina cometiendo el mismo error dos veces, primero en la palabra, después en las urnas.