Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

El debate sigue abierto

Bibiana María Guerra de los Ríos
Bibiana María Guerra de los Ríos
Columnista
8 de febrero de 2026

En septiembre del año pasado escribí sobre los cambios en la educación global: menos jóvenes, mayor incertidumbre y costos al alza. Ese reacomodo está obligando a repensar modelos que durante décadas parecieron inamovibles. En ese contexto, la reciente integración de dos colegios tradicionales de Bogotá, el Gimnasio Campestre y el Colegio Marymount, reabre un debate recurrente: educación mixta o diferenciada.

En septiembre del año pasado escribí sobre los cambios en la educación global: menos jóvenes, mayor incertidumbre y costos al alza. Ese reacomodo está obligando a repensar modelos que durante décadas parecieron inamovibles. En ese contexto, la reciente integración de dos colegios tradicionales de Bogotá, el Gimnasio Campestre y el Colegio Marymount, reabre un debate recurrente: educación mixta o diferenciada. Escribo estas líneas no tanto desde la opinión como desde la evidencia y la experiencia. Mis hermanos, mi hermana y yo estudiamos precisamente en esos dos “colegios hermanos”. Fue una decisión tomada por mis padres a partir de la tradición, la religión y la idea, ampliamente aceptada en su momento, de que niños y niñas aprenden distinto. Y así fue: los cuatro fuimos felices y, al menos eso creemos, bien formados. Con el tiempo, la pregunta aparece con más matices. ¿Es mejor un colegio mixto o uno de un solo sexo? Como ocurre con muchos temas educativos, no existe una respuesta única. La psicología educativa ha sido clara en señalar que no todos los colegios funcionan para todos los niños, ni todos los niños para todos los colegios. Quienes defienden la educación diferenciada suelen apoyarse en argumentos pedagógicos y socioemocionales. La literatura académica muestra resultados relevantes, aunque no concluyentes. Estudios longitudinales en Estados Unidos, Reino Unido y Australia han encontrado que, en contextos controlados, las niñas en colegios femeninos tienden a mostrar mayor confianza académica, especialmente en matemáticas y ciencias, y mayor disposición a asumir roles de liderazgo. Investigaciones de la American Psychological Association sugieren que, al reducir la presión social asociada a la interacción con el otro sexo durante la adolescencia temprana, se disminuye la ansiedad académica y aumenta la participación en clase. En el caso de los niños, algunos estudios indican que los colegios masculinos pueden ofrecer entornos más estructurados y alineados con estilos de aprendizaje que privilegian el movimiento, la competencia regulada y la experimentación, lo que en ciertos contextos se ha asociado con menor deserción y menos problemas de conducta. Desde la neurociencia educativa también se han documentado diferencias promedio, no absolutas, en el desarrollo del lenguaje, la atención y la madurez emocional, lo que permitiría, en teoría, estrategias pedagógicas diferenciadas. A esto se suma un elemento institucional: los colegios de un solo sexo suelen construir identidades fuertes, altos niveles de pertenencia y redes de egresados sólidas. La sociología de la educación ha mostrado que este capital social puede incidir positivamente en trayectorias profesionales y en el sentido de comunidad a largo plazo. Sin embargo, los argumentos en contra también cuentan con respaldo empírico. Investigaciones citadas por la OECD muestran que, una vez se controlan variables como nivel socioeconómico, calidad docente, tamaño de los cursos y recursos disponibles, las diferencias académicas entre colegios mixtos y de un solo sexo tienden a desaparecer. En otras palabras, no es la separación por sexo lo que explica mejores resultados, sino el contexto educativo. Desde la psicología social, varios estudios advierten que la educación segregada puede reforzar estereotipos de género de manera sutil. Al limitar la interacción cotidiana, algunos estudiantes desarrollan visiones más rígidas sobre roles, capacidades y expectativas. En contraste, los colegios mixtos suelen favorecer habilidades de convivencia, empatía, trabajo colaborativo y resolución de conflictos en entornos diversos, competencias cada vez más valoradas en la vida cívica y profesional. La reciente integración de estos colegios no es solo una noticia administrativa. Es un síntoma de transformaciones más profundas: menos nacimientos, cambios en las expectativas familiares, mayores exigencias económicas y una competencia educativa cada vez más global. El debate, entonces, no se reduce a si niños y niñas estudian juntos o separados, sino a cómo formar ciudadanos capaces de desenvolverse en un mundo diverso y cambiante. Tal vez la pregunta correcta no sea cuál modelo es mejor, sino cuál responde mejor a cada contexto, a cada familia y a cada estudiante. La ciencia no ofrece respuestas definitivas, pero sí una conclusión clara: no existe un modelo universalmente superior. En educación, más que dogmas, se requiere flexibilidad. El debate, sin duda, sigue abierto.