
El Camino de San Alfonso

A lo largo de la historia, Dios ha suscitado numerosos ejemplos y testimonios que sirven de guía en nuestro paso por la tierra. San Alfonso María de Ligorio, cuya fiesta celebramos cada primero de agosto, es uno de ellos.
Por Selma Samur de Heenan A lo largo de la historia, Dios ha suscitado numerosos ejemplos y testimonios que sirven de guía en nuestro paso por la tierra. San Alfonso María de Ligorio, cuya fiesta celebramos cada primero de agosto, es uno de ellos. Fue abogado, sacerdote, obispo y fundador de los Redentoristas, pero, sobre todo, un hombre que dedicó su vida a la salvación de las almas. Su legado sigue señalando el norte a quienes desean vivir con un propósito más alto, ya que marcó profundamente la teología moral y la devoción a la Virgen María, y explicó con claridad cómo conformar la vida a la Divina Voluntad. Repetía una y otra vez que nada ocurre sin un propósito celestial, ni siquiera el sufrimiento. “Dios no permite ninguna tribulación sin un fin para nuestra santificación, y aceptar su voluntad, aunque cueste, es el único camino seguro hacia la paz del alma.” La paciencia fue una de sus virtudes más notables. Para él, no se trataba de simple resignación, sino de una expresión de amor y confianza en el Creador. Afirmaba que, cuando se acepta el dolor con serenidad, se sufre menos y se avanza más en la santidad. No rechazaba la cruz ni buscaba evitar el sufrimiento, porque sabía que en el sacrificio se encuentra la verdadera fortaleza del cristiano, ya que no lo veía como un castigo, sino como un sendero de redención; y quienes lo abrazan con fe descubren en él la presencia de Cristo. San Alfonso recalcaba que la santidad no es privilegio de unos pocos, sino un llamado dirigido a todos. No exigía hazañas ni gestos grandiosos, sino vivir con amor cada instante, procurando ajustarse a la Ley Divina. A pesar de las enfermedades y los sufrimientos que lo acompañaron, nunca dejó de orar, escribir y enseñar. Sabía que sin oración no hay perseverancia, porque quien deja de orar termina alejándose de la fe. Su vida nos recuerda que el bien supremo no se encuentra en la comodidad ni en los placeres del mundo, como a veces se supone al pensar que Dios, sólo desea nuestra felicidad. Conviene tener presente que el verdadero gozo se encuentra en la fidelidad, en la cruz aceptada con amor y en la oración constante. No se alcanza huyendo del sacrificio, sino reconociendo en él la oportunidad de avanzar hacia la meta que es el Cielo.