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Opinión

El bien mayor

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
27 de abril de 2025

La paz interior, clave para la serenidad, se ve amenazada por pecados, falta de fe, inconformidad y vicios. Recuperarla implica confiar en Dios y aceptar su voluntad.

Por Selma Samur de Heenan La paz interior no implica ausencia de conflictos, sino la capacidad de mantener serenidad aun en medio de ellos. Pero con frecuencia la sacrificamos sin pensar, por cosas que no tienen importancia, como si no valiera realmente conservarla. La pérdida de la paz obedece a diferentes causas. El pecado es la primera, trayendo consigo desorden y angustia. San Alfonso María de Ligorio dice: “El pecado es el asesino del alma; destruye la paz y deja en su lugar el remordimiento y la inquietud.” En efecto, cuando el alma se aparta de Dios, queda expuesta a la zozobra, al vacío que ni los placeres ni los éxitos mundanos pueden llenar. La falta de fe nos conduce al miedo y a la ansiedad. Por consiguiente, hay ausencia de paz. A pesar de que Jesús nos dijo: “No se turbe vuestro corazón ni se arredre”, cuando pensamos en el futuro con temor a la adversidad, por falta de confianza en la providencia de Dios, desaparece la calma que solo Él puede darnos. La fe auténtica nos libra de la angustia, pues sabemos que nuestro Padre celestial cuida de nosotros aun en medio de las pruebas. San Pío de Pietrelcina aconsejaba: “Ora, ten fe y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración.” La inconformidad con la voluntad de Dios es otra causa de intranquilidad. Nos cuesta aceptar las cruces que Él permite en nuestra vida, y caemos en la rebeldía o la queja. Santa Teresa de Jesús nos advierte: “Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda.” También es necesario dejar los vicios y malos hábitos, porque todos ellos atan el alma y la mantienen en un estado de intranquilidad. Cuando rompemos esas cadenas y buscamos la virtud, se puede recuperar la paz. La incoherencia, que es vivir de manera contraria a lo que profesamos o llevar una vida oculta, genera un vacío profundo, porque la paz solo florece en la sinceridad. La paz se recobra cuando nos rendimos con confianza al Señor, aceptando sus leyes, su modo y sus tiempos, sabiendo que su plan, aunque no lo entendamos del todo, siempre tiene sentido. Una paz estable y duradera nace al estar unidos a la Divina Voluntad, porque todo coopera a nuestro favor cuando, por amor a Dios, aceptamos su querer. El bien mayor no es tener salud, belleza, poder o dinero: es vivir con paz en medio de cualquier circunstancia.