
El ascenso de David

“Y dijo David: El Señor, que me libró de las garras del león y de las garras del oso, Él me librará de la mano de este filisteo.” 1 Samuel 17,37
“Y dijo David: El Señor, que me libró de las garras del león y de las garras del oso, Él me librará de la mano de este filisteo.” 1 Samuel 17,37 David era un joven que cuidaba el rebaño de su padre. Conocido, además, por su arte en la ejecución del arpa, un día fue llamado ante el rey Saúl, a quien sólo la música lograba aliviarle las tormentas de su espíritu, aumentadas para él y su pueblo por la presión constante de los filisteos, un enemigo que se imponía por la fuerza y los paralizaba, sobre todo por el temor que infundía Goliat, un guerrero gigante que desafiaba abiertamente al ejército de Israel sin que nadie se atreviera a enfrentarlo. En medio de ese escenario, David, que no pertenecía al ejército ni tenía experiencia en combate, decidió dar el paso que otros no habían dado. Lo hizo desde lo que ya había vivido, cuando cuidando el rebaño se había enfrentado al león y al oso, experimentando de manera concreta la protección de Dios. Fue cuando se ofreció para derrotar al gigante, y Saúl le prestó su armadura, pero, al probarla, comprendió que no podía moverse con algo que no correspondía a su sencilla contextura. Prefirió, entonces, salir armado sólo con su honda y cinco piedras tomadas del arroyo, con las que se había defendido de otros peligros. El enfrentamiento con Goliat marcó un punto decisivo para todos. Una sola piedra bastó para derribarlo y obtener la victoria para Israel, quedando en evidencia cómo obra Dios en quien en Él confía. A partir de ese momento, David comenzó a ser reconocido y aclamado por encima del nombre del Rey. Esto ocasionó que se mitigara la cercanía y aprecio del monarca hacia el joven pastor y empezara un proceso que, poco a poco, fue alterando la relación que había comenzado de manera sincera. A pesar de este triunfo, David se mantuvo fiel a su manera de actuar. Permaneció en su lugar, haciendo lo que le correspondía, sin apartarse de la rectitud que había marcado su vida. Lo que aquí se narra es verídico y no pertenece a un tiempo pasado. Se repite, de distintas maneras, en la vida de las personas y en la realidad que nos rodea. ¿Sabemos reconocerlo cuando ocurre?