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Opinión

El árbol y la brisa

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
18 de enero de 2025

En un bosque donde la norma sofocaba la individualidad, un árbol soñador y una brisa libre hallaron la autenticidad en su encuentro, desafiando las expectativas.

Por Olga Leonor Hernández Bustamante Él era un enorme árbol que vivía en un extremo alejado de aquel bosque. Era un bosque normal, donde todos los árboles cumplían las normas, se bañaban en la lluvia y entregaban en ofrenda sus frutos para así perpetuar la vida en ese lugar. Se mantenían derechos así estuvieran cansados, nadie quería ser el árbol torcido. Todos querían ser especiales, pero para lograrlo se obligaban a encajar. Todos en los sueños se movían en libertad y al despertar conservaban silencio avergonzados, evitando decir algo que hiciera que los demás se dieran cuenta que habían soñado con su libertad. Ese árbol en el extremo del bosque era feliz solo porque podía soñar despierto. Desde pequeño se había dado cuenta de que los demás querían soñar también, pero querían hacerlo sin tener que renunciar a pertenecer a la parte central del bosque. Él lo único que había hecho era conservar los sueños de su infancia, sin dejar que la rudeza del contexto lo obligara a olvidarse de su autenticidad. Ella era una leve brisa. Andaba libre y solitaria por muchos caminos. Desde pequeña se dio cuenta que no quería soplar con fuerza, ni quería tener que elevar y poner a volar a todos a su alrededor. Ella quería rodar con sutileza y suavidad, elevar de forma tranquila a quien quisiera volar a su ritmo, poner a bailar las hojas que perezosas reposaban en el piso frio y explorar infinitos espacios sin perder su frescura y movimiento. No había sido fácil para ella aprender a estar tranquila con su levedad. Le habían dicho en todos los tonos posibles que la única misión de la brisa era ser poderosa y levantar con fuerza lo que encontraran a su paso. Le habían mostrado la manera en que tenía que ayudar a las cosas a cambiar de lugar. Ella veía eso y entendía que su tarea era ser una esclava que mantenía en movimiento a todos los demás y se rehusó. Decidió que renunciaba a pertenecer si eso significaba renunciar a la libertad propia para hacer que los demás pudieran moverse. Una noche, ya tarde, en un giro del camino, ella vio un árbol bailando a lo lejos. Se movía en calma, de la única manera en que un árbol puede bailar bien: profundizando sus raíces y elevando sus ramas. Se sorprendió al ver que podía moverse sin una brisa que lo ayudara. Él se sintió observado y la pilló a lo lejos. No era normal ver una brisa que no estuviera amarrada a las ramas en movimiento de otros árboles, pero ella estaba sola y flotaba leve. Se encontraron y esa noche se quedaron juntos, no sabían ni querían decidir si iban a estar así para siempre o si solo por un tiempo, pero eso no importaba, Él bailaba sin brisa y ella se movía leve sin tener que mover a nadie. Se acompañaban sin depender el uno del otro porque cada uno era autentico a su manera, se cuidaban sabiendo que en la autenticidad del otro reposaban tranquilos, porque no tenían que hacer nada distinto a ser y estar ahí, a su manera.