
El analfabeto político

Inspirado en Bertolt Brecht, este artículo explora la crítica al "analfabeto político", aquel que ignora cómo las decisiones políticas impactan su vida. Reflexiona sobre la corrupción y la indiferencia.
Por: Susana Viera. Aquella persona que lee un poco más que un lector promedio, y me refiero a libros, estos sobrevivientes a la amenaza de extinción en la guerra con las nuevas tecnologías, sabrá que, este título no es mío. “El analfabeto político” es del escritor dramaturgo y poeta alemán, Bertolt Brecht. Y es que, siendo honesta, en cada avistamiento literario experimento las carencias propias de aquel que sabe que poco sabe, bajo la certeza de la ignorancia supina implantada por los grandes pensadores de otros tiempos. Si algo merece ser leído, en esta infinitud de ignorancia, frente a las interminables combinaciones de signos y fonemas, bajo un democratizado abecedario de 29 letras, con lo que se proclama en español, la libertad de pensamiento es el siguiente estructurado conjunto de palabras: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del pan, del pescado, de la harina, del alquiler, de los zapatos o las medicinas dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro, que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe el imbécil que, de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos, que es el político trapacero, granuja, corrupto y servil de las empresas nacionales y multinacionales.” ¿Han sentido la imbecilidad, de cara a nuestra realidad política y social? Por lo leído, hasta Alemania, parece un país hermano. Quizás, y repito, quizás, seguimos imbéciles, mudos o tartamudos, sordos y bizcos, frente a las evidentes incoherencias de aquellos que promulgan cambios totales, revolucionarios sociales batallando por transformar este país. Falacias. Sin ocultamientos, casi que, con actos de cinismo puro, no escatiman en derrocharse los recursos públicos. Y, además, responden con la soberbia propia del abusador del poder: “Yo soy (la, él y los todes) de este país”, ostentado el placer de arrebatarle los privilegios a sus antecesores, por cuenta de actos igual de corruptos. Este alemán, contrario al Alzheimer, no quiere que olvidemos que lo que debe odiarse no es a la política per se, sino a a esos políticos rastreros, descarados, corruptos y serviles. Sálvense los buenos. Finalmente, ya no escribimos en juncos, tampoco leemos papiros en voz alta, y no soñamos con la biblioteca de Alejandría. Sin embargo, antes y después de Cristo, la tinta histórica tiene el color de las decisiones políticas. Los políticos escriben capítulos de guerra y otros de paz, con su propio alfabeto, letras en sangre del miserable pueblo. ¡Qué se extingan los analfabetos políticos!