
El amor propio también es una política de Estado

Hay una enseñanza que suele aparecer después de las grandes crisis personales: el amor propio no consiste en mirar hacia atrás, sino en decidir quién queremos ser a partir de hoy.
Hay una enseñanza que suele aparecer después de las grandes crisis personales: el amor propio no consiste en mirar hacia atrás, sino en decidir quién queremos ser a partir de hoy. Con los países ocurre exactamente lo mismo. Las naciones que logran transformar su historia no son las que permanecen discutiendo el pasado. Son aquellas que construyen instituciones capaces de sostener una visión compartida del futuro. Colombia tiene hoy esa oportunidad. La discusión sobre la conectividad ya no debería centrarse en defender balances ni en cuestionar administraciones. El verdadero desafío consiste en decidir si la transformación digital seguirá siendo una política de gobierno o, finalmente, se convertirá en una auténtica política de Estado. El mundo ya dio ese paso. La evidencia internacional muestra que el éxito de una política digital ya no se mide únicamente por antenas instaladas, kilómetros de fibra óptica o hogares conectados. Hoy el concepto que orienta la discusión es la Conectividad Universal y Significativa: una conectividad que combine calidad, asequibilidad, dispositivos adecuados, habilidades digitales, seguridad y capacidad para transformar la vida de las personas. La tecnología dejó de ser el fin. Es el medio para ampliar capacidades humanas. Una conexión de calidad puede acercar un especialista en salud a una zona apartada, permitir que un estudiante acceda a educación de excelencia, abrir mercados para un productor rural o facilitar que una pequeña empresa compita en escenarios internacionales. Por eso, la brecha digital ya no es únicamente un problema tecnológico. Es una brecha de oportunidades. Y precisamente por eso Colombia necesita pensar más allá del próximo período presidencial. El país tiene la posibilidad de construir una Política de Estado de Conectividad Universal y Significativa 2027-2040, respaldada por una ley marco, un CONPES de largo plazo, financiación plurianual, metas verificables y evaluaciones independientes que permitan dar continuidad a las decisiones estratégicas, independientemente de quién gobierne. Pero ninguna política de largo plazo prospera si cada institución avanza por separado. La transformación digital atraviesa la educación, la salud, la agricultura, la industria, el empleo, la seguridad, la ciencia y la gestión pública. Por ello, resulta indispensable crear un Consejo Nacional de Conectividad y Transformación Digital, una instancia permanente de coordinación entre la Presidencia, el DNP, MinTIC, los sectores sociales y productivos, los reguladores, los gobiernos territoriales, la academia y el sector privado, capaz de alinear prioridades y construir una visión común de país. Las grandes transformaciones nacionales no nacen de un gobierno. Nacen de acuerdos que sobreviven a muchos gobiernos. Quizá esa sea la mayor expresión de amor propio institucional: construir políticas que no dependan de los calendarios electorales, sino de las necesidades de las próximas generaciones. Porque las personas demuestran su carácter por las decisiones que son capaces de sostener en el tiempo. Los países también. Y convertir la conectividad en una política de Estado sería, probablemente, una de las mayores demostraciones de confianza que Colombia puede hacer en su propio futuro.