Cargando indicadores...
Sucre Logo
Imagen del artículo
Opinión

Efectos

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
3 de junio de 2023

Un gesto amable o una palabra pueden dejar huella, impactando la vida de otros. Dos historias revelan el poder duradero de nuestras acciones y cómo influyen en los demás.

Por: Olga Leonor Hernández Bustamante No alcanzamos a imaginar el poder de un gesto, de una palabra, de un comentario, de una idea que queda sembrada en otra persona. Dejamos huellas donde quiera que estemos, unas veces desde el cariño, otras desde la rabia, la molestia o el enojo. Lo quiero mostrar hoy en dos historias. “Muchas gracias por ser amable”, me dijo el hombre. Tendría unos 65 años, una piel tostada por el sol, seguramente por trabajar en el campo, pensé en aquel momento. Vestía humildemente y con mucha pulcritud, lograba uno imaginarlo planchando la camisa y limpiando, antes de salir, las abarcas que tenía puestas. Aquellas fueron sus palabras al despedirse y levantarse un poco la gorra diciendo adiós. En ese momento no lo entendí muy bien. Estaba al lado mío y crucé con él unas cuantas palabras y sonrisas, le expliqué el funcionamiento de alguna actividad en la que nos tocaba participar. Al estar a mi lado y verlo tímido y asustado, me sentí con el compromiso, casi que maternal, de cuidarlo y hacerlo sentir cómodo. Unas horas más tarde, alguien me mostró el grupo que salía. Eran los excombatientes asistentes al evento en que estábamos, y allí, en medio de todos, alcancé a ver la gorra que tuve a mi lado una parte del día __ni en aquel ni en este momento importa cuál de todos los uniformes fue el que usó, solo su voluntad de paz__. En ese momento comprendí el peso de sus palabras. Se sentía agradecido por haberse sentido cuidado y acogido. No me era difícil imaginar la historia de rechazo, dolor y abandono que cargaba a cuestas, la resistencia de algunas personas a recibirlo, a hacerlo sentir valioso, merecedor de respeto. “Nunca olvidaré el día en que mi tía me dijo aquello… desde ese día me apena ser espontánea, sentí que ser yo era motivo de burla”. Fue lo que me dijo, esa paciente. Ella, muchos años después, conservaba intacta en la memoria la mueca en los labios de aquel familiar que criticaba su comportamiento. Me conmovió descubrir que esa experiencia, olvidada por todos los otros protagonistas, eran la raíz de muchos de sus miedos y aún tenían eco en su vida y en sus decisiones. Cada vez es más claro para mí que la manera en que tratamos al otro puede servir de motor o de ancla en su vida. Podemos impulsar a la acción o detener y paralizar. Podemos ser fuente de inspiración o ser nuestras palabras las que se repiten en la cabeza de alguien, dolorosamente. Los efectos de lo que somos en la experiencia compartida perdura muchos años, se remueve, se reinterpreta, provoca lágrimas o sonrisas.