
Edgar Arrieta in memorian

Nacer y morir son el principio y el final de la vida. Así como en el orden lógico y natural de las cosas no hay fin sin principio por ley inexorable y eterna, todo ser que nace tiene que aceptar la muerte y el fin Inevitable de su existencia.
Por Aníbal Paternina Padilla Nacer y morir son el principio y el final de la vida. Así como en el orden lógico y natural de las cosas no hay fin sin principio por ley inexorable y eterna, todo ser que nace tiene que aceptar la muerte y el fin Inevitable de su existencia. Y parece que durante la vida los áureos destellos que alumbran la cuna y la oscuridad inextricable que reina en la tumba se reflejaran siempre en el alma en forma de luz y de sombras. De esos reflejos emanan la alegría y la tristeza, el placer y el dolor. Pero a veces vienen a este mundo seres tan buenos que jamás deberían conocer la tristeza ni el dolor, ni debieran ser tomados por la mano impía de átropos. Tal ha acontecido con la muerte de un hombre virtuoso como Edgar Arrieta González, quién desde muy joven se inclinó por el civismo, el periodismo y la docencia, esta última desempeñada con desprendimiento absoluto. El concepto que Edgar tuvo de la vida nos autoriza para apartar las quejas plañideras y el hueco clamor de las frases sonoras, y pensar solo en el luchador silencioso, pero enérgico, en el gran amigo y colega sincero, en el consejero del bien, que en su sagrada misión en la vida desempeñó un papel sustantivo, porque majestuosa y altiva es la grandeza moral de un hombre, como grande puede ser por el heroísmo, por su sabiduría y prudencia, por su sagacidad, por su carácter, por su poder que representa, delegado en sus propios ciudadanos. En Edgar Arrieta González convivieron siempre los atributos y valores humanos a su paso por la vida. Fuimos sus amigos y compañeros columnistas en el periódico ELMERIDIANO, tertuliador ameno en nuestras reuniones históricos literarias. Hoy al descubrirse su losa eterna sigue ocupando un lugar preferente en nuestros corazones. Adiós al entrañable amigo y compañero que hoy y siempre reposa a la diestra del Padre Celestial.