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Opinión

Diferentes por diseño

Selma Samur de Heenan
Selma Samur de Heenan
Columnista
23 de marzo de 2025

La biología y la complementariedad entre hombre y mujer son el foco de este análisis. Exploramos las diferencias, el diseño divino y la búsqueda de igualdad que ignora la esencia de cada género.

Por Selma Samur de Heenan La semana pasada, en la columna Sexo, no género, hablé sobre una verdad que parece incomodar a muchos: que el sexo biológico es una realidad inmutable. En esta ocasión, quiero abordar un tema distinto, pero con cierta relación, como la diferencia entre el hombre y la mujer. ¿Somos realmente iguales en todo? ¿Hay en nuestra naturaleza una distinción que forma parte de un diseño perfecto? Desde el inicio, Dios estableció un orden claro al decir: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea”. La mujer no es una copia del varón ni su rival, sino su complemento ideal. Biológicamente, hombres y mujeres son distintos en estructura ósea, musculatura, sistema hormonal y funciones corporales. Incluso en el ámbito médico hay especialidades separadas, como ginecólogos y obstetras para las mujeres y urólogos para los hombres. El cerebro también refleja estas diferencias. Estudios muestran que la mujer tiene mayor conexión neuronal para la comunicación, la intuición y la empatía, mientras que el hombre sobresale en la lógica, la resolución de problemas y la orientación espacial. No se trata de superioridad, sino de especialización. La mujer tiene una sensibilidad única para educar y formar, mientras que el hombre es natural en roles de protección y liderazgo. Sin embargo, en la búsqueda de una igualdad artificial, se ha despreciado la feminidad. Se nos dice que la maternidad es un obstáculo y que una mujer solo vale si actúa como un hombre. Al mismo tiempo, se ha sembrado enemistad entre ambos sexos, promoviendo un conflicto innecesario, cuando en realidad fueron creados para complementarse, no para enfrentarse en guerras ideológicas. Más aún, se ha intentado borrar la complementariedad natural, promoviendo uniones del mismo sexo como algo normal. La confusión llega al extremo de que los hombres buscan feminizarse y las mujeres masculinizarse, cuando lo más hermoso es que la mujer cultive su feminidad y el hombre su virilidad. Hacemos muchas cosas en aras de la felicidad, y esta no se encuentra por negar nuestra identidad, sino en aceptarla. En lugar de fomentar competencias y divisiones, estamos mutuamente llamados a cooperar. Cuando hombre y mujer viven según el diseño de Dios, encuentran plenitud, construyen familias sólidas y reflejan el orden perfecto con el que fueron creados. Solo así es posible una sociedad estable, basada en el respeto a la divina voluntad.