
Des--Gracia

Descubre el significado profundo de la palabra "desgraciado". Reflexiona sobre la compasión, la ayuda espiritual y la importancia de no alejarse de Dios.
Por: Selma Samur de Heenan En ocasiones hablamos sin darles a las palabras su verdadero significado. Por ejemplo, cuando agredimos a alguien llamándolo “desgraciado”, como si fuera un insulto hecho con rabia, frustración o el deseo de herir, siendo que en realidad un des‑graciado es alguien que está alejado de la gracia de Dios, o ha vivido un dolor, tan grande, que le ha quebrantado su espíritu. En ambos casos, cabría mejor la expresión “pobre des‑graciado”, ya no con ira, sino con la compasión que despierta ver a un alma que puede estar perdiéndose por el pecado o encontrarse profundamente herida. Si le devolvemos a esa palabra su sentido real y espiritual, seguramente dejaremos de pronunciarla o de escucharla con ligereza. Al tener delante a un pobre des‑graciado, apliquemos formas concretas de ayuda espiritual: el ayuno, la oración y el sacrificio, que son las principales maneras de tenderle una mano eficaz. Así lo resumió la Virgen en Fátima: “Muchas almas se pierden porque nadie se sacrifica ni reza por ellas.” San Dimas, crucificado junto a Jesús, en su agonía renunció a seguir en su distanciamiento anterior y le pidió clemencia. En un instante, pasó de condenado a heredero del Cielo, porque reconoció la verdad y se dejó alcanzar por el Amor. También vivieron tiempos de separación con Dios San Agustín, que durante años buscó la verdad lejos de ÉL; Santa María Magdalena, guiada por multitud de demonios, y San Camilo de Lelis, quien, tras una vida bastante disipada, llegó a convertirse en ejemplo de caridad. Todos ellos, en algún momento, se alejaron de la amistad con Dios, pero el Señor los recuperó. Si estar separado de Dios es la peor pérdida, nuestra prioridad deberá ser no apartarnos jamás de Él, y ayudar a otros a recuperarlo. San Luis María Grignion lo decía con total claridad: “Antes morir que pecar.” Vivamos de tal manera que nadie pueda llamarnos des‑graciados en el sentido que realmente importa. Y cuando seamos nosotros quienes vemos a alguien que ha perdido la gracia santificante, procuremos no endurecer el corazón, sino, más bien, con nuestro testimonio, contribuir a su reconciliación con Dios. La verdadera des‑gracia no es que nos insulten, nos calumnien o nos abandonen, ni la pobreza, las injusticias, la enfermedad o la soledad: es estar en pecado y alejados de nuestro Señor.