
Del Sincelejo de ayer

Don José de Jesús Herazo fue un personaje sincelejano que dejó recuerdos imborrables por sus dotes de trabajador y por los invaluables servicios que prestaba a sus amigos y a Sincelejo por su espíritu bondadoso, risueño, burlón y siempre en estado latente para el buen humor.
Don José de Jesús Herazo fue un personaje sincelejano que dejó recuerdos imborrables por sus dotes de trabajador y por los invaluables servicios que prestaba a sus amigos y a Sincelejo por su espíritu bondadoso, risueño, burlón y siempre en estado latente para el buen humor. Entre los servicios a la ciudad se destaca el obsequio a la iglesia de la primera campana para esa época lejana enteramente pueblerina, sin vías de comunicación. El acontecimiento de la llegada de dicha campana y de su colocación en la antigua torre de madera fue algo trascendental, de tal manera que la historia local recoge el hecho el 3 de mayo de 1887. La campana mayor de la iglesia de San Francisco fue paseada por las calles del pueblo con música y grande entusiasmo. Esta campana llamada “La Favorita” fue obsequiada por el magnánimo señor conocido como El Niño Herazo, de muy gratos recuerdos. El pueblo de Sincelejo se congregó a presenciar la elevación y colocación del sonoro artefacto traído de Inglaterra y arrastrado desde Tolú por varias yuntas de bueyes. Se pusieron varias bateas llenas de ron en distintos lugares de la plaza para que cada quien se sirviera a gusto. Instalada la campana y al dar el primer campanazo gritaron: ¡Viva el Niño Herazo! Este personaje acostumbraba festejar las fiestas de San Juan los 24 de junio con carreras de caballos. Hacía montar a cuatro de sus mejores mozos y los ponía a correr por parejas en la Calle Real, con el sostenido grito de ¡San Juan, viva el Niño Herazo! El 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, traía su recua de burros para prestárselos a muchachos pobres que carecían del codiciado “vehículo”. Antes de amanecer llegaba la chiquillada a las puertas de la casa del espléndido señor situada en la calle La Pajuela. A las ocho de la mañana comenzaba el Niño Herazo a entregar los animales. Una vez repartidos todos los burros, salían los muchachos por las calles de la población gritando: ¡San Pedro, San Pablo viva el Niño Herazo! A las seis de la tarde regresaban a entregar sus cansadas cabalgaduras. Así se divertía a más no poder el inolvidable personaje quien decía que la vida es muy simple y había que buscarle alguna distancia. Murió en Sincelejo durante la Guerra de los Mil Días. [email protected]