
¿De qué se habla en terapia?

En el consultorio terapéutico, territorio sagrado, se exploran amores, sombras y miedos. Un espacio de transformación donde terapeuta y paciente aprenden valiosas lecciones sobre la vida.
Por Olga Leonor Hernández Bustamante El consultorio de un(a) terapeuta se siente casi como un territorio sagrado. Es un lugar cálido, acogedor y protector cuando las personas o necesitan; pero también es fuerte y confrontador cuando es momento de mostrar nuestras sombras, aquellas cosas que no queremos ver. En terapia se habla de amores y desamores. Del amor propio y del amor ajeno. De las miradas crueles con las que nos miramos y nos evaluamos. De las duras críticas que nos hacemos. De las huellas y marcas que ciertas personas y experiencias han dejado en nuestras vidas. De las historias que nos avergüenzan. De las cosas que nos sentimos orgullosos. De aquellos que nos han herido y de otros que nos han sanado. De aquellas metas que se han frustrado. De las expectativas que hemos alcanzado y aquellas que nos terminan hiriendo. Hablamos de nuestra historia y sus manifestaciones en nuestro presente. Clarificamos los para qué de nuestras posturas frente a ciertas situaciones. Conectamos lo que pensamos, sentimos y hacemos buscando coherencia. Tomamos decisiones a pesar de que estas, en muchas ocasiones, sean incómodas. Reconocemos las maneras en que nos defendemos y los límites que no hemos puesto. Miramos a los ojos los miedos que atraviesan nuestros vínculos. Le damos voz a nuestras sensaciones y al permitirles hablar orientamos o reorientamos lo que hemos sido hasta ese momento. Los terapeutas sabemos que en algunos momentos las personas salen tranquilas y otras tristes o enojadas. En momentos salen queriéndonos y en otros momentos lamentando haber elegido venir. Unas veces salen llenos de dudas y otras con claridades y respuestas. En otras ocasiones las personas salen contrariadas, sintiendo que tienen más preguntas que respuestas, pero intuyendo que esas preguntas son las que pueden orientar el sentido y reestructurar las cosas. A los terapeutas nos duelen genuinamente las historias de nuestros pacientes. No estamos desensibilizados ante el dolor, el miedo, la rabia y el malestar del otro. Los terapeutas sabemos que no nos corresponde solucionar o quitar el malestar, pero nos esforzamos por ser acompañantes incondicionales para que el otro transite por su existencia adueñándose de lo que le corresponde y con la posibilidad de descartar lo que ya no le sirve. En terapia no damos consejos, la lectura de la vida de cada persona es única y desde su lugar las opciones son distintas, no hay forma de uniformar las experiencias. Cuando un proceso de terapia termina ambos, terapeuta y paciente se han transformado. No es una relación vertical donde la terapeuta entrega y el paciente recibe. Es un vínculo que transforma a ambos, pues nos deja lecciones profundas sobre la vida misma. Un terapeuta reconoce en cada persona que acompaña a un maestro, solo esa persona es experta en su historia y nos permite el privilegio de acompañarla. En fin, la terapia es un universo completo que cabe entre las paredes de un consultorio.