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Opinión

De la lepra a la lista Clinton: el aislamiento que rodea al Gobierno colombiano

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
25 de noviembre de 2025

La política tiene ironías que parecen escritas por el destino: cuanto más se proclama pureza, más rápido llega el desgaste. Eso es lo que muchos perciben hoy en Colombia, donde una cumbre internacional que debía simbolizar liderazgo y diálogo hemisférico...

Por Silverio Jose Herrera Caraballo La política tiene ironías que parecen escritas por el destino: cuanto más se proclama pureza, más rápido llega el desgaste. Eso es lo que muchos perciben hoy en Colombia, donde una cumbre internacional que debía simbolizar liderazgo y diálogo hemisférico terminó convertida en un escenario vacío, marcado por las ausencias y por un ambiente de desconfianza. No una desconfianza biológica, sino política: el temor al “contagio” reputacional. Desde que surgieron informaciones que vinculan al presidente Gustavo Petro, miembros de su gobierno o entornos cercanos con menciones en la llamada Lista Clinton (un instrumento del Departamento del Tesoro de Estados Unidos que sanciona a personas o entidades asociadas a actividades ilícitas), el escenario diplomático colombiano parece haberse tensado. Aunque estas menciones generan debates y matices jurídicos, lo cierto es que han alimentado una percepción de cautela internacional. No hay bloqueos ni confrontaciones abiertas, pero sí una barrera silenciosa: la prevención política. Esto quedó en evidencia en la Cumbre de la CELAC convocada en Santa Marta. Un evento pensado para consolidar integración y protagonismo regional terminó convirtiéndose en una reunión debilitada por la ausencia de líderes clave. Nombres influyentes de Europa y América Latina declinaron la invitación: desde Ursula von der Leyen y Emmanuel Macron hasta Gabriel Boric, Claudia Sheinbaum y Javier Milei. Incluso mandatarios que suelen apoyar espacios multilaterales optaron por no asistir. Mientras el gobierno colombiano atribuye estas ausencias a presiones externas o “fuerzas contrarias a la paz”, otros analistas interpretan el hecho de forma más sencilla: existe un riesgo reputacional que muchos gobiernos prefieren evitar. La metáfora central de esta columna (pasar “de la lepra al aislamiento político”) intenta ilustrar justamente ese sentimiento. No se trata de enfermedades ni de comparaciones literales, sino de la percepción de que la credibilidad internacional se ha deteriorado. En diplomacia, la imagen pesa tanto como los acuerdos, y una fotografía puede convertirse en un mensaje político no deseado. El presidente Petro ha denunciado un supuesto intento de aislamiento, al que califica de “golpe blando”. Sin embargo, una parte significativa de la opinión pública considera que este aislamiento es más bien una consecuencia de errores internos, excesos discursivos o tensiones creadas por el propio gobierno. Las sanciones financieras estadounidenses (sean directas, indirectas o asociadas a investigaciones externas) generan una nube de prudencia que ningún líder desea sobre sí. La diplomacia, al fin y al cabo, se mueve según la lógica de la prevención. Lo paradójico es que muchos de los gobernantes que hoy toman distancia fueron, en su momento, aliados discursivos en causas progresistas comunes: la defensa de la justicia social, las críticas al neoliberalismo o la búsqueda de mayor autonomía regional frente a intereses extranjeros. Pero incluso los aliados comparten un límite: el que marca la reputación internacional. Nadie quiere aparecer cerca de un conflicto diplomático delicado. La Cumbre de la CELAC termina siendo, así, una señal de advertencia. No porque Colombia haya perdido relevancia (sigue siendo un actor clave en la región), sino porque el liderazgo no se impone desde discursos, sino desde la confianza. Y esta confianza se construye con transparencia, coherencia y estabilidad. Cuando un gobierno acumula polémicas, contradicciones o tensiones con actores internacionales de peso, el espacio político se reduce. El caso del presidente Lula da Silva es ilustrativo. Su asistencia a la cumbre parece más un gesto de cortesía regional que un respaldo político decidido. Brasil tiene intereses estratégicos que le impiden romper puentes con Colombia, pero su presencia no compensa el vacío de tantas ausencias. El eco de las sillas vacías es, a veces, más elocuente que cualquier declaración. No se trata de celebrar tropiezos ajenos ni de alimentar narrativas de confrontación, sino de reflexionar sobre la importancia del prestigio institucional. La política exterior no se sostiene únicamente en discursos ideológicos, sino en la solidez moral de quienes los pronuncian. Y cuando esa solidez se percibe resquebrajada, el resto del mundo responde con distancia. De ahí la fuerza simbólica del título: “De la lepra a la Lista Clinton”. Ambas imágenes representan aislamiento, aunque por razones distintas. En ambos casos, el resultado es similar: un entorno que evita el contacto, que observa con cautela y que se protege del riesgo, sea real o percibido. La solución no está en acusar complots, sino en recuperar la credibilidad. La transparencia, la rendición de cuentas y la autocrítica son herramientas esenciales para reconstruir la confianza perdida. Las teorías conspirativas pueden movilizar simpatizantes, pero no persuaden a la comunidad internacional. Tampoco sustituyen la necesidad de clarificar dudas ni de ofrecer explicaciones claras. Hoy, Colombia parece experimentar un autoaislamiento político. No porque el país haya dejado de ser importante, sino porque su gobierno enfrenta cuestionamientos que aún no logra disipar. La región observa, y lo hace con distancia. El liderazgo diplomático que se aspiraba a proyectar se ve empañado por la percepción de inestabilidad. Al final, como en la medicina, hay males que se previenen antes de que avancen. Una vez instalada la sospecha, ni el discurso más elaborado puede ocultar la pérdida de confianza. Y cuando un gobierno deja que esa desconfianza crezca, termina viviendo en una especie de cuarentena política.