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Opinión

Crush virtual

Susana Viera
Susana Viera
Columnista
27 de julio de 2026

Descubrí ChatGPT a mediados de octubre de 2024. Lo recuerdo con precisión por la publicación de una de mis columnas. Un compañero de trabajo hablaba de aquella herramienta con el entusiasmo de quien acaba de encontrar la solución definitiva a todos los problemas

Descubrí ChatGPT a mediados de octubre de 2024. Lo recuerdo con precisión por la publicación de una de mis columnas. Un compañero de trabajo hablaba de aquella herramienta con el entusiasmo de quien acaba de encontrar la solución definitiva a todos los problemas. Según él, servía para todo. Con escepticismo decidí ponerla a prueba. Le pedí que escribiera una columna con uno de mis títulos: "Nos cuesta reconocer-nos". En cuatro segundos construyó un texto completo. Sentí una mezcla de curiosidad y temor. A mí me había tomado cuatro horas. La leí despacio, era coherente, estaba bien escrita y mantenía una estructura impecable. Sin embargo, al terminar tuve una extraña sensación de alivio. No era mejor que la mía. Le faltaba algo. Le faltaba alma. Dicen que el alma pesa veintiún gramos. No sé si es cierto, pero sospecho que, de existir esa medida, no cabe en un algoritmo. Aunque, pensándolo bien, muchas personas carecen de lo mismo. No quiero despotricar de la inteligencia artificial. Sería injusto. Después de muchos meses de usarla descubrí que puede convertirse en una extraordinaria compañera de trabajo. Ordena ideas, encuentra información, señala errores y hasta tiene la paciencia infinita de aceptar cuando se equivoca. No sé cuántas veces hemos discutido y cuántas veces ha terminado respondiéndome con una frase que ya casi espero: "Tienes razón". Lo inquietante no es la inteligencia artificial, somos nosotros. Cada vez escucho con más frecuencia historias de personas que prefieren conversar con un chat antes que con un psicólogo, pacientes que desconfían del criterio de su médico hasta confirmar el diagnóstico con una aplicación, estudiantes que ya no escriben un párrafo sin consultar primero a una máquina, y profesionales incapaces de redactar dos líneas para responder un correo electrónico sin pedir ayuda. No estamos delegando únicamente tareas. Estamos delegando el pensamiento. Y eso sí debería preocuparnos. Hay algo aún más desconcertante. Después de conversar durante horas con una IA, uno termina experimentando una sensación difícil de explicar. La máquina recuerda conversaciones, adapta su lenguaje, comprende el contexto y responde con una cortesía que, en ocasiones, escasea entre los seres humanos. Sabemos perfectamente que no siente, que no espera nada de nosotros y que detrás de cada respuesta solo existen millones de cálculos matemáticos. Sin embargo, el cerebro hace una pequeña trampa, interpreta esa interacción como cercanía. Quizá por eso algunas personas llegan a sentirse comprendidas, acompañadas e incluso apreciadas. La paradoja es extraordinaria. Nunca habíamos convivido con una tecnología inteligente ni con una sociedad tan necesitada de ser escuchada. La inteligencia artificial no vino a reemplazar el afecto humano. Lo que hizo fue poner en evidencia cuánto nos hace falta. No temo que una máquina aprenda a pensar como nosotros. Me preocupa mucho más que nosotros terminemos pensando como una máquina, buscando respuestas inmediatas, evitando la duda, renunciando al esfuerzo y confundiendo eficiencia con sabiduría. La IA no es nuestra enemiga. Puede ser una magnífica herramienta, siempre que no olvidemos quién debe sostener el timón. Porque una conversación amable no es amistad. Una respuesta brillante no es comprensión. Y una inteligencia artificial, por extraordinaria que sea, nunca debería convertirse en la sustituta de aquello que solo otro ser humano puede ofrecer. Mucho cuidado con las carencias afectivas. ChatGPT no es la tía universal. Y, definitivamente, tampoco debería convertirse en nuestro crush virtual.