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Opinión

Crónica de una impunidad anunciada: el caso Esteban Urueta y las fallas del sistema judicial colombiano

Silverio José Herrera Caraballo.
Silverio José Herrera Caraballo.
Columnista
10 de junio de 2025

El asesinato del ganadero sucreño Esteban Urueta González y de sus trabajadores Fredy Beleño y Gerardo Marzola no solo es una tragedia irreparable para sus familias, sino también una muestra dolorosa de las fallas sistemáticas de un aparato judicial...

Por Silverio Jose Herrera Caraballo. El asesinato del ganadero sucreño Esteban Urueta González y de sus trabajadores Fredy Beleño y Gerardo Marzola no solo es una tragedia irreparable para sus familias, sino también una muestra dolorosa de las fallas sistemáticas de un aparato judicial que hoy, en pleno siglo XXI, parece más dispuesto a proteger a los victimarios que a garantizar justicia para las víctimas. Una vez más, la impunidad se pasea impune por los pasillos del poder judicial colombiano, burlándose de una comunidad que clama por verdad y reparación. Desde que se conoció la noticia del crimen, cometido en septiembre de 2024, el país ha seguido con atención un proceso judicial marcado por negligencias, omisiones y una preocupante descoordinación entre entidades. El caso es, por donde se mire, una vergonzosa cadena de errores. El día 10 de septiembre, Urueta y sus trabajadores desaparecieron tras salir de su finca. Dos días más tarde, sus cuerpos fueron hallados en una finca en zona rural de Ciénaga de Oro, Córdoba. El nivel de violencia empleado por los agresores —tortura, amordazamiento, quemaduras— revela no solo saña, sino una clara intención de mandar un mensaje de terror. Los principales sospechosos, Cristian Petro, antiguo capataz de la finca, y su cómplice Juan Fernando Soto, confesaron el crimen y condujeron a las autoridades al sitio exacto donde habían enterrado los cuerpos. La evidencia era contundente. Sin embargo, el procedimiento judicial que debía asegurar su detención fue fallido desde el comienzo. Petro y Soto fueron retenidos por el Gaula antes de que existiera una orden de captura formal, lo cual permitió que su defensa argumentara detención ilegal. Así, pese a haber confesado un triple homicidio, ambos fueron liberados por un tecnicismo jurídico inaceptable. El 13 de septiembre, una juez con funciones de control de garantías expidió finalmente la orden de captura, pero para ese momento los sospechosos ya habían quedado en libertad. Esta dilación no solo indignó a la comunidad sucreña, sino que evidenció la falta de articulación entre las instituciones judiciales y los organismos de seguridad. ¿Cómo puede ser que en un caso de tal gravedad, con evidencias claras y confesiones voluntarias, se haya permitido la libertad de los autores materiales del crimen? La situación se volvió aún más indignante cuando se conocieron las maniobras dilatorias de la defensa, el uso de tecnicismos para evitar las audiencias, excusas por enfermedades, fallos eléctricos en los penales, o la simple ausencia de coordinación con los centros carcelarios. Todo esto ha resultado en la repetida suspensión de las audiencias, y en un lento, pero claro deterioro del proceso judicial. Petro y Soto fueron recapturados el 25 de septiembre en un apartamento en Cartagena gracias a labores de inteligencia que incluyeron el uso de drones, lo cual pareció devolver un poco de esperanza a los familiares y a la comunidad. Sin embargo, desde entonces, cada intento por avanzar hacia la justicia ha sido truncado por nuevos obstáculos. Mientras tanto, la defensa sostiene que sus confesiones fueron obtenidas bajo presión y sin presencia de abogado, lo que vuelve a poner en entredicho la validez del proceso. Aunque toda persona tiene derecho a un juicio justo y al respeto del debido proceso, este derecho no puede convertirse en el escudo perfecto para evitar que los crímenes se juzguen y castiguen como corresponde. La comunidad de Sucre, así como el gremio ganadero del Caribe colombiano, ha manifestado reiteradamente su inconformidad con lo que parece ser una impunidad anunciada. Es inadmisible que el aparato judicial colombiano se paralice ante crímenes de esta magnitud. No puede haber justicia si se permite que los victimarios utilicen las grietas del sistema para evadir sus responsabilidades. Lo ocurrido en el caso Urueta no es un hecho aislado, sino parte de un patrón de negligencia institucional que favorece la impunidad. Si el Estado no es capaz de garantizar justicia efectiva en un caso tan claro como este, ¿qué pueden esperar los miles de víctimas anónimas que no tienen visibilidad mediática ni respaldo social? Es hora de que las autoridades judiciales asuman su rol con firmeza y responsabilidad. No más audiencias suspendidas, no más vacíos procesales, no más tecnicismos al servicio del crimen. La justicia no puede ser un privilegio. Debe ser una garantía. La comunidad sucreña exige justicia. Colombia entera lo exige.