
Conectividad digital no es inclusión digital

Durante años, hemos entendido la conectividad como una autopista: más kilómetros de fibra óptica, más antenas, más cobertura. Pero la inclusión digital no ocurre cuando se construye la vía, sino cuando las personas pueden recorrerla. Tener carretera no garantiza movilidad; tener internet no garantiza inclusión. Desde una perspectiva conceptual, la inclusión digital va más allá del acceso. Implica la capacidad real de usar la tecnología de forma significativa, sostenible y transformadora. No basta con estar conectado: hay que poder aprovechar la conexión.
Durante años, hemos entendido la conectividad como una autopista: más kilómetros de fibra óptica, más antenas, más cobertura. Pero la inclusión digital no ocurre cuando se construye la vía, sino cuando las personas pueden recorrerla. Tener carretera no garantiza movilidad; tener internet no garantiza inclusión. Desde una perspectiva conceptual, la inclusión digital va más allá del acceso. Implica la capacidad real de usar la tecnología de forma significativa, sostenible y transformadora. No basta con estar conectado: hay que poder aprovechar la conexión. Los datos globales lo evidencian. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, en 2023 el 93% de la población en países de ingresos altos utilizó internet, frente a solo el 27% en países de ingresos bajos. A nivel territorial, el 81% de las personas en zonas urbanas usaron internet, frente al 50% en zonas rurales. Estas brechas reflejan desigualdades estructurales en ingreso, educación y oportunidades. Colombia no es ajena a este patrón. Según el DANE, en 2023 el 63,9% de los hogares tenía acceso a internet: 70,5% en zonas urbanas y 41,4% en zonas rurales. En uso, la brecha persiste: 82,6% frente a 59,6%. Es como si el país hubiera instalado puertas digitales, pero millones aún no tuvieran el código de acceso. Incluso el avance es parcial en el Índice de Brecha Digital, aunque ha mejorado en acceso y uso, ha retrocedido en habilidades digitales, que son el puente entre conectividad e inclusión. Sin capacidades, la tecnología se convierte en infraestructura subutilizada. A esto se suma un factor crítico: la asequibilidad. Cuando el costo del servicio compite con necesidades básicas, la conexión se vuelve frágil o intermitente. No es un portal digital abierto, sino uno que se cierra cada fin de mes en millones de hogares colombianos. Además, territorios con mayores costos tienden a registrar menores resultados educativos medidos en las Pruebas Saber 11, lo que refuerza el vínculo entre inclusión digital y equidad. Desde la evaluación de políticas públicas, el diagnóstico es claro: la política ha sido eficaz en desplegar infraestructura, pero limitada en generar inclusión. Se ha medido la autopista, pero no el tráfico. El reto para este gobierno y los venideros es cambiar la pregunta: no cuántos están conectados, sino quiénes pueden realmente usar productivamente esa conexión. Porque la conectividad es la entrada, pero la inclusión digital es la posibilidad real de cruzarla.