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Opinión

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Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
24 de enero de 2026

Karla se despertó y, al abrir los ojos, recordó que estaba en una finca por el fin de semana. Se miró al espejo y al instante una mueca de desagrado cruzó su cara.

Olga Leonor Hernández Bustamante Karla se despertó y, al abrir los ojos, recordó que estaba en una finca por el fin de semana. Se miró al espejo y al instante una mueca de desagrado cruzó su cara. No le gustaron los granos de acné en su cara que seguramente se complicarían con el sol, o sería mejor no entrar a la piscina o ponerse esa visera gigante que la protegería, pero seguramente parecería una viejita. En cambio, la piel de Graciela era perfecta, no necesitaba maquillarse para verse como una diosa, con un bronceado perfecto y liso. Y mejor no pensaba en Ivana con su personalidad arrolladora, ella también tenía algunas marcas de acné en la cara, pero eso no le quitaba el sueño. Salía sonriente y feliz a conversar con todos sin estar, como ella, pensando en que la iban a mirar o criticar, si ella tuviera por lo menos un diez por ciento de la autoestima y seguridad de Ivana, seguramente su vida y sus días serían distintos. En su habitación, Graciela se quitaba un vestido y se ponía otro, dudaba un momento, se desvestía nuevamente y se ponía el vestido anterior. Esos brazos se veían gordos con el primer vestido, como detestaba esa parte de su cuerpo. Con el segundo vestido se veían mejor los brazos, pero sentía que era demasiado colorido y que la gente iba a pensar que estaba llamando la atención. ¿Por qué no era una flaca huesudita como Karla? Era de esas niñas que se veía que nunca en su vida había tenido que hacer una dieta, seguramente comía de todo y no engordaba, en cambio ella había perdido la cuenta de las dietas y masajes reductores que había tenido que hacer. En Ivana ni pensaba. Ella siempre se veía feliz, tenía un gordito aquí o celulitis allá, pero le importaba poquito o mejor dicho nada y la gente tampoco parecía fijarse en eso sino en su modo de ser. Si tuviera que elegir, seguramente preferiría ser flaca como Karla y sonriente como Ivana. Si, seguramente si ella cambiara esas dos cosas, sería mucho más feliz. Ivana se desperezó en su cuarto. Se puso de pie sin pensar mucho, para que la depresión no ganara la pelea y la dejara acostada todo el día en la cama. A nadie le había contado lo que le pesaban sus días, ocultaba a sus amigos las pastillas que tomaba a diario y no se había decidido a ir donde la psicóloga por miedo a que ella la hiciera ver que todo en su vida era un eterno fraude. Si tuviera la vida de Graciela que tenía juntos a su papá y su mamá. Alguna vez la habían invitado a esa casa y sintió una profunda tristeza al saber que ella nunca había vivido ni podría vivir esa complicidad, del papá y la mamá bromeando en la cocina mientras ellas estaban en la sala. Sus padres se odiaban a muerte y siempre había tenido que enmascararse para no provocar ira en uno u otro por una supuesta deslealtad. Y asi, una a una salió de sus habitaciones, se miraron de reojo, reconociendo en las otras la falta que presentían en ellas mismas. Caminaron juntas, conversando un poco, mientras llegaban a la cocina para poder tomar café y pasaron el día bien, aunque de vez en cuando la presencia de la una le recordaba a la otra justo lo que a ella le faltaba.