
Comparaciones

Comparamos nuestro borrador con la versión editada de alguien más. Vemos a esa persona que responde con calma cuando la critican, que pone límites sin culpa, que no se derrumba ante el conflicto, tendemos a etiquetar su actitud como un rasgo innato: “Es su forma de ser” "es que ella es así". Punto final. Como si esa característica hubiera venido incluida de fábrica, sin costo, sin historia, sin caídas.
Comparamos nuestro borrador con la versión editada de alguien más. Vemos a esa persona que responde con calma cuando la critican, que pone límites sin culpa, que no se derrumba ante el conflicto, tendemos a etiquetar su actitud como un rasgo innato: “Es su forma de ser” "es que ella es así". Punto final. Como si esa característica hubiera venido incluida de fábrica, sin costo, sin historia, sin caídas. No vimos los años en terapia, las conversaciones con las amigas, las rabias silenciadas. No vimos las veces que reaccionó mal y tuvo que repararlo. No vimos las noches en que se preguntó si valía la pena seguir. Solo vemos el resultado, y con ese resultado construimos una explicación: "así es su personalidad". Esa frase, cumple una función muy específica: nos excusa de intentar. Si el otro simplemente "es" así, entonces nosotros simplemente "somos" de otra manera, y ahí se acaba la conversación. Esto no es solo un error de percepción. Etiquetar la conducta ajena como algo de fábrica nos sirve de coartada para no intentar el cambio, es una forma de protegernos de la incomodidad de admitir que el cambio es posible, pero que exige algo que no siempre queremos pagar: tiempo, incomodidad, repetición, fracaso, volver a intentar. Es más fácil decir "yo soy explosivo, así soy yo" que decir "todavía no he aprendido a regular esto". La primera frase cierra la puerta. La segunda la deja abierta, y una puerta abierta implica responsabilidad. Hacemos esto sobre todo con las cualidades que más nos cuestan en nosotros mismos. Lo decimos sobre la alguien que es seguro, paciente, capaz de no necesitar la aprobación de todos. Justamente ahí, donde deseamos ser como alguien, es donde convertimos su historia en un rasgo fijo. Es que, si fuera aprendido, tendríamos que preguntarnos por qué nosotros no lo hemos aprendido todavía. Y hay una segunda cara de esta misma moneda: cuando alguien no ha llegado a donde nosotros sí, tampoco vemos su proceso. Juzgamos su lentitud, su indecisión, su dificultad para poner un límite, sin preguntarnos qué historia está sosteniendo ese comportamiento y con eso nos sentimos superiores o ellos se sienten insuficientes. En ambos casos, el error es el mismo: borrar el tiempo, borrar el esfuerzo, borrar la caída y la vuelta a levantarse. ¿Qué pasaría si, en vez de decir "así es esa persona", empezaras a preguntarte "qué tuvo que aprender para llegar hasta aquí"? ¿Y qué pasaría si te hicieras la misma pregunta sobre ti mismo, sin usar tu historia como excusa para quedarte quieto?