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Opinión

Colombia desprotegida

Carlos Martínez Simahan
Carlos Martínez Simahan
Columnista
4 de mayo de 2025

La Patria no lo respaldó, dijo la novia del teniente Bolaños, uno de los uniformados caídos a manos de Calarcá y su clan criminal que ha ordenado el tenebroso Plan Pistola contra los integrantes de la Fuerza Pública Colombiana.

Por Carlos Martínez Simahan La Patria no lo respaldó, dijo la novia del teniente Bolaños, uno de los uniformados caídos a manos de Calarcá y su clan criminal que ha ordenado el tenebroso Plan Pistola contra los integrantes de la Fuerza Pública Colombiana. Ese asesino fue puesto en libertad por el gobierno Petro al amparo de la Paz Total, una política que nació y murió el mismo día en la Casa de Nariño. Dos años y medio después el Presidente y lo Comandantes militares se niegan aceptar ese fracaso. Es inexplicable que en Colombia, con semejante conflicto, no se haya integrado un grupo permanente de expertos negociadores a las ordenes exclusivas del Presidente de la República, como lo hemos propuesto con insistencia en esta columna. Evitaríamos las improvisaciones de cada mandatario pretendiendo que con él si es posible la paz. Solo Juan Manuel Santos armó una cuidadosa estrategia que concluyó con el Acuerdo de Paz suscrito entre el Estado y la FARC-EP (2016). Con inteligencia y paciencia los negociadores del proceso, presididos por Humberto de la Calle, entendieron que era el momento preciso dada la debilidad de la guerrilla arrinconada por la acción sistemática del gobierno Uribe Vélez. Por más incompleto que haya sido ese acuerdo y por más incumplimientos de la Farc y del mismo gobierno, se abrió un camino que nunca debió cerrarse. Gustavo Petro llegó a la Presidencia de Republica dispuesto a instaurar el populismo. Con su verbo encendido que sigue lanzando a diario, se ha propuesto debilitar el sistema representativo. Esa es otra discusión, dijo en la Plaza de Bolívar el 1 de mayo, cuando algún manifestante le dijo que no se fuera del poder. Quedó flotando el interrogante. En lugar de tender puentes Petro optó por la confrontación: ataca al Congreso, a las Cortes, a los medios y expulsa de su entorno a las voces críticas. Luis F. Cristo aun trata de entender su llegada y salida del Ministerio del Interior. Además, Petro está solo en el escenario, la respuesta de la oposición no ha estado a la altura de los retos que plantea el jefe de gobierno. Ciertamente, la oposición está dispersa y algo lejana de los medios de comunicación, cuando es necesario que sus respuestas sean suficientes, claras, inteligentes, políticas, entendibles y adoptadas por el pueblo. Cuando las instituciones no avalan los proyectos gubernamentales, Petro las acusa de ilegitimas, se salta a la torera decisiones judiciales y llama a movilizaciones para presionarlas. Es la vieja técnica socialista: el poder de pueblo se convierte en un pretexto para el poder absoluto del líder. Con algo de desesperación, porque nota que el mando se le está yendo de las manos, se erige como la gran figura redentora de los marginados. Ese torpe mesianismo representa una amenaza para la democracia liberal: Dijo recientemente que es antidemocrático que se pretenda evitar un segundo mandato del Pacto Histórico. Niega el disenso y justifica “el cambio” por el debilitamiento institucional que el mismo propicia. Gustavo Petro tuvo la oportunidad de liderar una transformación democrática cierta. Pero prefirió la ruta de la polarización, del cesarismo. La democracia no es solo el voto. Es respeto por la legalidad, por la institucionalidad, por la pluralidad. Ha resultado tan estéril su gobierno que Colombia se siente desprotegida: Como los estudiantes de la Universidad Nacional obligados a obedecer los designios de la Minga, o como los jóvenes soldados víctimas de un plan pistola al que Petro responde solo con su plan arenga. Por otra parte, los candidatos a la Presidencia ya son una multitud. No parece haberse comprendido la gravedad de la hora. Así no se fortalece la democracia, se debilita, con todas las consecuencias que eso implica. El 1 de mayo pasado noté a un Presidente al que se le han ido agotando las ideas y su lenguaje de orador. Su discurso fue más gritado que pensado, pero con dominio indiscutible del escenario. Hábil político recurre a los símbolos que más están en el corazón de los colombianos: El Grito de Independencia del 20 de julio de 1810 y la espada del Simón Bolívar, el héroe, el guerrero, el Libertador. Era el día de los trabajadores: la gente se movilizó, llenó la plaza de Bolívar, vivaba el Presidente de la Republica. No percibí entusiasmo ni en los gritos ni en los aplausos.